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Hace un tiempo surgió un debate con Rolando Astarita -quien es especialista en la obra de Marx y Keynes- en el cual quedaron claras muchas de las diferencias entre Escuela Austriaca y Marx. A medida que se avanzó en el debate los participantes coincidimos que el primer punto al que había que prestarle atención es la confrontación entre la “teoría del valor trabajo” de Marx, y la teoría de la utilidad marginal, de Menger.

Es por ello que remitimos al profesor Astarita el artículo de Juan Carlos Cachanosky sobre la “Historia de las Teorías del Valor y del Precio” (Parte I y II), el que leyó atentamente y al que ofreció respuesta.

Nicolás Cachanosky respondió a las críticas, pero luego de algunos intercambios, el debate se interrumpió. El diálogo fue cordial hasta un punto donde las diferencias no se resuelven y entonces se pierde la paciencia. Pero no es mala voluntad, o esquivar los argumentos, sino la lógica (o paradigma) que está en la mente de cada uno la que nos lleva a no ver con precisión lo que el otro intenta decir.

Quisiera destinar este post a explicar de modo sencillo cómo es que los austriacos explican la ley de utilidad marginal, y la determinación de los precios. Pienso que de este modo, los interesados en este debate pueden encontrar un mejor entendimiento de la posición austriaca, la que -a su vez- ayudará a una mejor comprensión mutua del debate.

En primer lugar veamos la manera en que la Escuela Austriaca explicó la teoría de la utilidad marginal.

Supongamos que hay una persona que tiene cinco bolsas de grano de igual tamaño y calidad, que las asigna de la siguiente manera de acuerdo con su escala de necesidades:

Primera bolsa: alimentación

Segunda bolsa: siembra

Tercera bolsa: alimentar aves de corral

Cuarta bolsa: licor

Quinta bolsa: alimentar loros

La primera bolsa la destina a su propia alimentación. Alimentarse es, según esta escala de necesidades, su necesidad más urgente y más básica.

La segunda bolsa la asigna a sembrar, lo que le permite comer en el futuro.

Con la tercera alimenta aves que le permiten variar la dieta alimenticia personal entre granos y carne blanca.

La cuarta la asigna a destilar algún licor.

Finalmente la quinta bolsa la destina a alimentar unos loros que le hacen compañía.

El problema que hay que resolver es cuánto vale cada bolsa. ¿Vale la bolsa que se destina a la alimentación personal más que la que se destina a alimentar a los loros? Si bien uno estaría tentado a responder que sí esta respuesta sería incorrecta. Todas las bolsas valen igual.

Supongamos que el fuego destruye la bolsa que estaba destinada a la alimentación, no por eso este hombre va a dejar de comer, lo que hará es despedirse de los loros.

Tampoco va a dejar de destilar licor debido a que, según su escala de necesidades, el licor es más importante que los loros. Si este señor pierde una de las bolsas, no importa cuál sea ella, lo que hará es dejar de satisfacer la necesidad menos urgente, o como le dicen los economistas, la necesidad marginal.

Si a esta persona se le pide que entregue una bolsa de grano a cambio de algún otro bien lo que hará es comparar el “valor” del bien que va a comprar con el que tiene que renunciar (en nuestro ejemplo hay que renunciar a la compañía de los loros).

Supongamos ahora que en vez de tener cinco bolsas de granos nuestro hipotético hombre tiene cuatro, también todas las bolsas tendrían el mismo valor para él. Pero ahora el valor de cada una de ellas estaría dado por la cuarta necesidad, es decir, el licor. La necesidad marginal es beber licor y será ella la que determine el valor del resto de las bolsas. Si se pierde cualquiera de las cuatro bolsas, lo que hará este señor es dejar de tomar licor. Esta es la utilidad o bienestar que va a perder.

Puesto que, de acuerdo a esta escala de necesidades, beber es más importante que la compañía de los loros, el valor de cada bolsa es mayor cuando tiene cuatro que cuando tiene cinco. La utilidad marginal de tener cuatro bolsas es superior a la utilidad marginal de tener cinco. Cuando nuestro hombre tiene cuatro bolsas de granos la utilidad de todas ellas está determinada por una necesidad más importante que cuando tiene cinco.

De la misma manera si el hombre del ejemplo sólo tuviese tres bolsas, el valor de cada una de ellas estaría determinado por la tercera necesidad, comer carne. El valor de cada bolsa será superior que cuando tiene cuatro o cinco.

Así podemos concluir que cuando una persona tiene más unidades de un bien los destina a satisfacer necesidades menos urgentes y, por lo tanto, las valora menos, la utilidad de unidades adicionales es cada vez menor, i.e. la utilidad marginal va disminuyendo.

Por el contrario, a medida que una persona tiene menos unidades la utilidad marginal del bien aumenta porque la última necesidad satisfecha es más importante dentro de la escala de preferencias.

De esta manera podemos concluir que el valor de las cosas depende de dos factores: (1) utilidad y (2) escasez. Para que un bien tenga valor tiene que ser útil “y” escaso. Si falta alguno de los dos elementos el bien no tiene valor.

Veamos algunos ejemplos prácticos. Si tenemos una computadora de la cual depende nuestro ingreso y se descompone el perjuicio que nos causa no es tan grande como en el caso de que tuviésemos tres de igual calidad tecnológica. Supongamos que tenemos una computadora en la oficina, la segunda en nuestra casa y la tercera la guardamos para el caso de que se rompa alguna de las dos anteriores. Si por algún motivo alguna de ellas (inclusive la de repuesto) se descompone lo que haremos es dejar de satisfacer la necesidad marginal: tener una computadora de repuesto.

Si en vez de tener tres computadoras tenemos dos, cualquiera de las dos que se descomponga resentiría en parte nuestra eficiencia laboral y nos provocaría un perjuicio mayor que si tuviésemos tres.

Finalmente si sólo tenemos una computadora que deja de funcionar el perjuicio sería muy importante. La utilidad marginal de tener tres computadoras no es lo mismo que la de tener una.

Este razonamiento lo podemos aplicar a cualquier bien, siempre y cuando estemos hablando de unidades de la misma calidad.

Veamos otro ejemplo. Supongamos que una persona quiere comprar su primer televisor. Seguramente lo hará para ver programas que le divierten. Pero ahora que tiene su primer televisor ¿para qué querría comprar otro exactamente igual?

Obviamente este segundo televisor estará destinado a satisfacer una necesidad distinta a la del primero. Si el primer aparato está en el dormitorio, tal vez quiera poner el segundo en el living. Este segundo televisor no va a satisfacer la misma necesidad que el anterior: ver programas.

Muy posiblemente lo compre para evitarse la molestia de trasladar el aparato del dormitorio al living cada vez que quiere ver televisión en este lugar. Todavía nos podríamos preguntar para qué querría un tercer televisor exactamente igual. Supongamos que lo quiere para la cocina.

Este tercer aparato va a satisfacer una necesidad menos urgente que los dos anteriores. Si ahora que tiene tres alguno de ellos se descompone esta persona dejará de satisfacer la necesidad menos urgente, no importa cuál de ellos se descomponga. El renunciará  a la necesidad menos urgente, en nuestro ejemplo ver televisión en la cocina.

De lo anterior se desprende que a medida que una persona tiene más unidades de un mismo bien su utilidad marginal, o sea su valor, es menor.

Como veremos esta conclusión es muy importante para explicar la formación de los precios. Cuanto menos valoran las personas un bien menos estarán dispuestas a pagar por él y viceversa.

La teoría de la utilidad marginal permite resolver fácilmente la “paradoja del valor” que tanto preocupaba a los primeros filósofos de la economía.

Estamos dispuestos a pagar un precio superior por cosas que “parecen” menos útiles, por ejemplo un anillo de oro, que por cosas que “parecen” más útiles, como por ejemplo alimentos, porque la utilidad marginal de estos últimos es muy inferior a la del anillo de oro.

El siguiente ejemplo nos ayudará a ver más claramente el problema. Supongamos que una persona tiene cinco unidades del bien “a”, tres unidades del bien “b” y dos unidades del bien “c” y que su escala de preferencias es la siguiente:

1ro                  a

2do                 a

3ro                  b

4to                  a

5to                  b

6to                  c

7mo                a

8vo                 b

9na                         c

10ma                      a

Como podemos ver el bien “a” satisface las necesidades que esta persona considera más urgentes, mientras que los bienes “b” y “c” se destinan a satisfacer necesidades de menor importancia.

Sin embargo el bien “a” tiene, de acuerdo a la escala de necesidades de esta persona aquí descripta, un valor menor que los bienes “b” y “c”.

Si aplicamos la teoría de la utilidad marginal vemos que el valor del bien “a” está determinado por la décima necesidad, el del bien “b” por la octava y el del bien “c” por la novena.

La necesidad que satisface la tercera unidad del bien “b” es más importante que la que satisface la segunda de “c” y la que satisface la quinta de “a”. Por lo tanto si a esta persona le preguntamos de cuál de los bienes está dispuesta a entregar una unidad, responderá una unidad del bien “a”.

En otras palabras, aunque parezca que el bien “a” satisface necesidades más importantes que los bienes “b” y “c”, y de hecho lo hace, esta persona dispone de tantas unidades de “a” que su utilidad marginal es menor a la de “b” y a la de “c” y, por lo tanto, lo valora menos.

Si en vez de tener cinco unidades de “a”, este señor tuviese sólo tres, entonces la utilidad marginal de “a” sería superior a las de “b” y “c”.

Este ejemplo nos permite explicar por qué estamos dispuestos a pagar un mayor precio por un anillo de oro que por varios kilos de pan a pesar de que el primero no “parece” ser tan útil como el segundo. Es que la cantidad de pan disponible es tan grande que su utilidad marginal es menor que la del anillo de oro y por esta razón  valoramos menos el pan.

Puesto de otra manera una vez que tenemos la cantidad suficiente de pan (o alimentos) para mantenernos bien alimentados ya no valoramos tanto unidades adicionales. La utilidad marginal del pan baja prácticamente a cero.

La “paradoja del valor” confundió porque nuestras opciones son por cantidades limitadas de los distintos bienes. Si a la persona del ejemplo le diéramos a elegir entre renunciar a “todo” el stock de “a” o a “todo” el stock de “b” o “c”, optaría por renunciar a algunos de estos dos. Pero su respuesta cambia si la opción es renunciar a una unidad o a una parte del stock.

Del mismo modo si a un hombre que está en el desierto se le da a optar entre diez litros de agua fresca o diez kilos de oro muy posiblemente opte por la primera alternativa, el agua se ha vuelto escasa respecto de sus necesidades y por lo tanto ahora tiene mucho más valor que el oro. Sólo y en el medio del desierto el oro no le sirve para nada.

Obviamente si la misma pregunta se la hacemos a una persona que vive en una ciudad la respuesta cambiará totalmente, simplemente porque la utilidad marginal del agua y del oro en una ciudad es distinta. La disponibilidad de agua en una ciudad organizada es tan grande que su utilidad marginal es prácticamente cero.

Una persona de bajos ingresos seguramente destinará su dinero a comprar alimentos, abrigos y bienes que lo mantengan bien alimentado y abrigado. Pero a medida que sus ingresos reales crecen la utilidad marginal de estos bienes será muy baja y preferirá comprar otros bienes que lo que hacen es aumentar su calidad de vida.

A medida que su ingreso aumente comprará por ejemplo, televisores, equipos de audio, un automóvil, viajará y comprará artículos de mucho lujo como cuadros, joyas, etc.

La gran confusión en el tema del valor es haber asociado a los bienes que están más arriba dentro de las escalas de preferencias como los más valiosos, cuando en realidad no es necesariamente así.

Es la utilidad marginal y no la posición dentro de la escala de preferencias lo que determina si un bien es más o menos valioso para una determinada persona,  en ciertas y determinadas circunstancias.

Cabe, finalmente, aclarar dos puntos. En primer lugar las escalas de necesidades de las personas son ordinales y no cardinales.

El valor de los bienes o sus utilidades marginales se puede comparar pero no medir. Podemos decir que preferimos una naranja a dos manzanas. Pero no podemos afirmar, más que figurativamente, que una naranja nos produce 3,2 veces más placer que dos manzanas. Menos aún se pueden comparar cuantitativamente las valoraciones de dos personas.

En segundo lugar, debemos tratar el origen del valor. Las cosas no tienen valor en sí mismas sino que el valor proviene de los mismos hombres. Muchos filósofos hablaron del valor intrínseco de las cosas[1]. Las cosas pueden tener la capacidad de satisfacer necesidades, o sea ser útiles para algo, pero hasta que el hombre no percibe dicha capacidad no tendrán valor alguno.

Pero además las cosas no sirven “exclusivamente” para un propósito determinado. Los usos pueden ser tantos como se le ocurra al ingenio humano.

Supongamos que preguntamos para qué sirve un destornillador. La respuesta casi inmediata parece ser colocar y sacar tornillos. Pero también puede servir para destapar latas, botellas, romper vidrios, de adorno, rayar automóviles, de pisa papeles… y podríamos seguir pensando en una gran cantidad de alternativas de usos prácticos de ese mismo destornillador.

El hecho de que el destornillador haya sido inventado para poner y sacar tornillos, y que la mayoría de nosotros lo utilicemos para este fin, no significa que esta sea su cualidad intrínseca o que el valor intrínseco del destornillador esté determinado por este uso.

Si, por ejemplo, mañana se pone de moda llevar un destornillador colgando de un collar tal vez la proporción de la demanda para usarlo con este fin sea superior a la proporción de la demanda que considera su uso “habitual”.

La teoría de la utilidad marginal expuesta de esta manera llevó a los economistas de la Escuela Austriaca a desarrollar una teoría de la formación de precios con un mayor poder explicativo del mundo.

Comprender la formación de los precios es de fundamental importancia para comprender por qué el mercado libre es la mejor manera de asignar eficientemente los recursos productivos. Lamentablemente se han desarrollado muchas explicaciones erradas acerca de la determinación de los precios.

A continuación desarrollaremos una explicación paso a paso. La explicación se puede dividir, para comprenderla más claramente, en dos partes: (1) cómo se determina el precio con una cantidad “dada” de bienes y (2) cómo el volumen de producción determina esa cantidad “dada” de bienes.

Como vimos la teoría de la utilidad marginal explica el valor de las cosas. Como el intercambio entre dos personas sólo se produce cuando cada una de ellas valora más lo que recibe que lo que entrega, se puede decir que la utilidad marginal pone los límites dentro de los cuales el intercambio es posible.

El precio que como máximo una persona pagará por un bien o servicio depende del ingreso que tenga y de la utilidad marginal (valor) que asigna al bien o servicio respectivamente.

Dejando momentáneamente de lado el caso del crédito nadie puede pagar más dinero por un bien del que gana. Pero aunque el ingreso alcance para comprar el bien, la utilidad marginal también fija un tope al precio que se está dispuesto a pagar.

Si una persona no valora demasiado un bien no estará dispuesta a pagar mucho por él, por más alto que sea su ingreso. Y si no lo valora nada no estará dispuesta a pagar un solo centavo.

Para poner un caso extremo, la mayoría de la gente no está dispuesta a pagar nada por las cucarachas, las ratas o los murciélagos. Por el contrario están dispuestas a pagar para matarlos o ahuyentarlos.

Un bien tiene valor porque la cantidad disponible es menor a las necesidades. Veamos un ejemplo, si 15 personas necesitan cada una un caballo pero sólo hay disponibles 7 caballos (todos de igual calidad) habrá 8 personas que “necesariamente” se quedaran sin caballo debido a que no hay la cantidad suficiente para cubrir todas las necesidades.

Habrá que buscar alguna manera de “asignar” los 7 caballos entre las 15 personas. Podemos pensar en varios mecanismos: un sorteo, una carrera, asignarlos por altura, por edad.

Cualquiera sea el método utilizado siempre habrá 8 personas que no podrán tener un caballo. La verdadera solución consiste en aumentar la cantidad disponible de caballos. ¿Cómo lo hace el mercado?

La alternativa del mercado para asignar los 7 caballos entre las 15 personas es mediante el mecanismo de precios. Las personas que más valoran los caballos estarán dispuestas a pagar un precio más alto, de manera que podemos armar una tabla como la siguiente:

 

Tabla I

Compradores

Caballos

1

$400

C1

2

$360

C2

3

$350

C3

4

$330

C4

5

$310

C5

6

$290

C6

7

$240

C7

8

$230

9

$200

10

$193

11

$185

12

$180

13

$150

14

$120

15

$100

 

La primera columna muestra la cantidad de compradores potenciales. La segunda columna muestra el precio que como máximo, de acuerdo a la valoración, cada comprador está dispuesto a pagar.

El comprador 1 está dispuesto a pagar hasta un máximo de $400 de acuerdo a su valoración subjetiva (utilidad marginal). El segundo comprador valora al caballo menos, está dispuesto a pagar hasta un máximo de $360. Y así sucesivamente continúan los compradores que están dispuestos a pagar menos por un caballo.

El rango de precios que iguala la cantidad ofrecida con la cantidad demandada es

$240 > p* > $230

El precio tiene que ser igual o menor a $240 y mayor a $230.

Si el precio es $240 habrá 7 compradores dispuestos a comprar (desde el 1ro al 7mo). Si el precio superara los $240, por ejemplo $250, el comprador 7 no compra, de manera que habría 6 compradores y sobraría un caballo que nadie estaría dispuesto a comprar al precio de $250, se generaría un “exceso de oferta”.

A un precio de $300 el sexto comprador se retiraría y por lo tanto quedarían 5 compradores y sobrarían 2 caballos, el “exceso de oferta” aumentaría.

A medida que el precio siga subiendo habría menos compradores dispuestos a comprar y sobrarían cada vez más caballos. Si el precio supera los $400 nadie estaría dispuesto a comprar.

Por el contrario a un precio de $230 el 8vo comprador estaría dispuesto a comprar. Entonces a este precio de $230 se demandarían 8 caballos pero sólo habría 7 disponibles. De manera que habría, en este caso un “exceso de demanda”.

Uno de esos 8 compradores se quedará sin caballo a pesar de que está dispuesto a pagar un precio de $230.

Si el precio sigue bajando, digamos hasta $200, entonces el 9no comprador estaría dispuesto a comprar. Ahora la cantidad  demandada sería de 9 caballos pero sólo hay 7  disponibles, el “exceso de demanda” en este caso crece. Cuanto más baje el precio tanto mayor será el “exceso de demanda” si la cantidad de caballos disponible sigue siendo 7 unidades.

Sólo cuando el precio se encuentra dentro del rango $240 > p* >$230 la cantidad  demandada será de 7 caballos y coincidirá con la cantidad disponible. La oferta y la demanda se igualan dentro de este rango de precios.

Los precios no pueden estar mucho tiempo fuera del rango que iguala oferta y demanda. Si están por debajo habrá exceso de demanda. La gente que está dispuesta a pagar este precio inferior al de equilibrio, supera la cantidad disponible para la venta. El precio tenderá a subir porque algunos de los compradores preferirá ofrecer pagar más antes de quedarse sin comprar, o el vendedor se dará cuenta de que puede aumentar el precio sin que caigan las unidades vendidas.

Esto se ve claramente en un remate, donde los compradores van subiendo el precio eliminándose unos a otros hasta que el que más paga se queda con el objeto rematado.

Si por el contrario el precio se encuentra por encima del precio que iguala oferta y demanda entonces habrá exceso de oferta, i.e. no se venderán todas las unidades disponibles.

En este caso los vendedores tienen dos opciones: (1) se quedan con la mercadería, con lo cual ellos se transforman en los demandantes o (2) tienen que bajar el precio para poder venderlas. Es muy difícil que la primera opción ocurra. Lo que generalmente se observa es que los precios bajan porque los vendedores necesitan el dinero en efectivo para hacer frente a sus compromisos.

De esta manera, en ausencia de interferencia estatal, los precios tienden a ubicarse dentro del rango que iguala la cantidad demandada con la ofrecida.

Los gobiernos algunas veces guiados por buenas intenciones (otras veces no tanto) tratan de imponer por ley un precio distinto al que iguala oferta y demanda.

La consecuencia es un exceso de oferta o de demanda, dependiendo del tipo de medida que puede ser un precio legal por encima o por debajo del que el mercado determina.

Por ejemplo si en el ejemplo de la Tabla I los gobernantes creen que un precio de $240 es muy alto para un caballo pueden intentar fijar “por ley” un precio más bajo, supongamos $180.

A este precio se demandarán 12 caballos, pero como sólo hay 7, el propósito buscado, “que más personas puedan comprar caballos”, no se logrará. Por el contrario es muy probable que a $180 se desaliente la producción de caballos y que en vez de 7 la oferta se reduzca a 5 caballos tarde o temprano. Con lo cual habrá más gente dispuesta a comprar y menos oferta de caballos.

De esta manera los llamados “precios máximos” producen el efecto contrario al buscado: en vez de que más gente tenga accesos a más caballos habrá menos gente que tiene acceso a la compra de caballos, que era el objetivo inicial de la política de los precios máximos.

Los precios máximos tienen una larga historia en el mundo y siempre han producido el mismo problema: aumentar la escasez de bienes en vez de disminuirla.

Otras veces, en vez de intentar defender a los consumidores poniendo un “precio máximo”, los gobernantes intentan defender a los productores poniendo por ley un “precio mínimo”.

Si en nuestro ejemplo de los caballos los gobernantes intentan poner un precio superior al de mercado, supongamos $330. En este caso la cantidad demandada se reduciría a 4 unidades con lo cual aumentarán los problemas de los productores.

Tal vez los productores entusiasmados por el precio legal de $330 tiendan a producir una mayor cantidad de caballos, pero como la cantidad demandada se redujo, los problemas de los productores se incrementarán.

Manipular el precio legalmente no soluciona los problemas sino que los intensifica, hace más grave la situación existente. La única solución es aumentar la producción de bienes y servicios.

La “consecuencia” de esto es que los precios bajarán. El volumen de producción de cualquier bien o servicio, como veremos más adelante, depende de la rentabilidad y el riesgo de la inversión. Un precio máximo, por ejemplo, baja la rentabilidad y aumenta el riesgo de las inversiones provocando menor y no mayor producción.

Veamos ahora qué ocurre cuando introducimos variaciones en las condiciones de la Tabla I. Podemos pensar en cuatro tipo de variaciones: (1) un aumento en la cantidad disponible de bienes (caballos en nuestro ejemplo), (2) una disminución en la cantidad disponible de bienes, (3) un aumento en la valoración que los consumidores tienen del bien y (4) una disminución en la valoración que los consumidores tienen del bien.

Veamos cada uno de los casos por separado.

La Tabla II muestra un incremento en la cantidad disponible de caballos. En la Tabla I había 8 caballos ahora hay 11.

 

Tabla II

Compradores

Caballos

1

$400

C1

2

$360

C2

3

$350

C3

4

$330

C4

5

$310

C5

6

$290

C6

7

$240

C7

8

$230

C8

9

$200

C9

10

$193

C10

11

$185

C11

12

$180

13

$150

14

$120

15

$100

 

 

Con 11 caballos el rango de precios que iguala oferta y demanda es $185 > p1* > $180, que es inferior al anterior de $240 > p0* > $230. O sea, que, como consecuencia del aumento en la cantidad disponible de caballos, el precio bajó. Cualquier precio que se encuentre fuera del rango $185 > p1* > $180 provocará exceso de oferta o de demanda respectivamente.

En este caso la escasez relativa de caballos, i.e. cantidad disponible respecto de las necesidades, ha disminuido. Ahora hay más caballos respecto de las valoraciones de las personas. La caída del precio “informa” acerca de esta menor escasez. Un precio en baja indica que el bien o servicio es menos escaso.

La diferencia respecto del precio máximo es fundamental. El precio bajó debido a que hay más caballos disponibles. Ahora más gente puede acceder a comprarlos. La caída del precio refleja esta disminución de la escasez relativa.

Por el contrario si hay menos caballos, i.e. la escasez relativa aumenta y el precio tiende a subir. Este caso lo podemos ver en la Tabla III.

 

Tabla III

Compradores

Caballos

1

$400

C1

2

$360

C2

3

$350

C3

4

$330

C4

5

$310

 

6

$290

 

7

$240

 

8

$230

 

9

$200

 

10

$193

 

11

$185

 

12

$180

13

$150

14

$120

15

$100

 

Ahora tenemos solamente 4 caballos. El rango de precios entre la cantidad ofrecida versus la cantidad demandada es: $330 > p1* > $310.

Dentro de este rango de precios la cantidad demandada de caballos es 4 y coincide con el stock disponible.

Cualquier precio fuera de este rango provoca, como en los otros casos, exceso de oferta o de demanda.

Como consecuencia del aumento en la escasez relativa de caballos el precio subió. El aumento de precios está indicando que hay menos bienes para satisfacer una cantidad dada de necesidades.

En los cuadros anteriores vimos como el precio del bien sube o baja según aumente o disminuya la cantidad disponible de ese bien, dada una valoración constante por parte de las personas.

Pero también puede ocurrir que, dada una cierta cantidad disponible de ese bien o bienes, las valoraciones de las personas aumenten o disminuyan.

Supongamos en primer lugar que las valoraciones aumentan. Esto significa que las personas están dispuestas a pagar un mayor precio por el producto. En el Cuadro I con 7 unidades disponibles el rango de precios que iguala la cantidad ofrecida con la demandada era: $240 > p1* > $230.

Supongamos que debido al aumento de las valoraciones las personas están dispuestas a pagar el doble por los caballos. En la Tabla IV se muestra este cambio.

 

Tabla IV

Compradores

Caballos

1

$800

C1

2

$720

C2

3

$700

C3

4

$660

C4

5

$620

C5

6

$580

C6

7

$480

C7

8

$460

9

$400

10

$386

11

$370

12

$360

13

$300

14

$240

15

$200

 

Con las mayores valoraciones el rango de precios que iguala la cantidad demandada con la cantidad ofrecida aumenta de $240 > p0* > $230 a $480> p1* >$460. Debido a que la gente valora más una misma cantidad disponible los caballos se volvieron más escasos y, en consecuencia, el rango de precios de equilibrio es más alto. El aumento de precios está reflejando que los caballos son relativamente más escasos.

Por el contrario si la gente valora menos los caballos estará dispuesta a pagar menos por ellos y el precio tiende a bajar.

En el Cuadro V podemos ver que ocurriría si la gente está dispuesta a pagar la mitad por los caballos debido a la menor valoración (respecto de la Tabla I):

 

Tabla V

Compradores

Caballos

1

$200

C1

2

$180

C2

3

$175

C3

4

$165

C4

5

$155

C5

6

$145

C6

7

$120

C7

8

$115

 

9

$100

 

10

$193

 

11

$185

 

12

$180

13

$150

14

$120

15

$100

 

Ahora el rango de precios que iguala la cantidad demandada con la cantidad ofrecida bajó de $240 ³ p0* > $230 (Cuadro I) a $120 ³ p1* > $115.

La caída en el precio refleja que la misma cantidad de caballos es menos escasa debido a que la gente los valora menos.

Resumiendo los ejemplos anteriores: el precio de mercado tiende a igualar oferta y demanda. Cualquier precio que imponga el gobierno que no sea el de mercado lo único que provoca es un desequilibrio que puede consistir en: (a) debido a un precio fijado por el gobierno por encima del precio de mercado, la cantidad demandada cae y provoca acumulación de stocks en las empresas o (b) debido a un precio gubernamental inferior al que fija el mercado la cantidad demandada crece y no habrá suficiente unidades disponibles para satisfacer toda la demanda.

El precio de mercado es una señal muy importante ya que informa si una mercancía es más escasa o abundante de acuerdo a las preferencias de los consumidores. Por esta relación entre preferencias y escasez se dice que los precios informan sobre escasez relativa.

Sin esta información es imposible producir en forma “ordenada”. Recordemos que  para aumentar el bienestar de las personas no solo hay que incrementar el “nivel” de producción sino que también es importante el “orden” en que se produce (como nota al pie cabe aclarar que este es uno de los puntos ignorados por Keynes y el enfoque de la demanda agregada).

Hay que producir los bienes y servicios que la gente considera más importantes y en las cantidades que ella desea. Sin precios esta información no existe y la producción se desordena. Se producirán bienes y servicios en cantidades y calidades distintas a las necesidades prioritarias de las personas.

 

Precios esperados y precios.

El hecho de que tomemos decisiones con información incompleta y asimétrica hace que nuestras decisiones tengan dos resultados:

1.   resultado “esperado” o ex ante

2.   resultado “real” o ex post

Nuestras decisiones son siempre sobre los resultados ex ante o esperados. El paso del tiempo puede ser más corto o más largo. Cuando llegue el momento en que se dé el resultado ex post o real, este evento será el único juez acerca de si las decisiones tomadas, fueron en su momento correctas o incorrectas.

Por ejemplo vamos al cine esperando que la película nos guste pero sólo cuando estemos efectivamente viendo la película sabremos si nuestras expectativas se confirman o no.

Si llevamos esto a la teoría de los precios debemos distinguir entre “precios esperados” y “precios”. Todas las decisiones son siempre sobre precios esperados. Esto se ve claramente si el producto es totalmente nuevo.

Al no haber historia de ese producto, el precio con el que se sale al mercado es el “esperado”. Tal vez sea más difícil verlo con precios de bienes que tienen una historia de precios relativamente estables, por ejemplo una lata de Coca Cola.

En rigor el hecho de que la lata de Coca Cola se haya venido vendiendo a $1 durante el último año en una región determinada, solo hace más “probable” que el próximo precio que se forme en esa misma región geográfica sea también de $1. Pero no hay precio hasta que no se hizo una transacción.

Si en vez del precio de una lata de Coca Cola pensamos en el precio de una acción quedará más claro que el precio de mañana o el de una hora más tarde a este u otro momento es el precio “esperado”.

Una historia de precios con mayor volatilidad hace más claro que el precio de mañana no está ligado con el de ayer.

Una historia de precios sin volatilidad produce la “ilusión” de que el precio de ayer es “el” precio de mañana. En rigor lo que estamos suponiendo es que las “condiciones” que determinaron los precios de la lata de Coca Cola no van a variar mañana.

Pero si preguntamos cuál va a ser el precio de la lata de Coca Cola dentro de 10 años la respuesta ya no es tan segura ni tan rápida. No podemos estar seguros de que Coca Cola exista dentro de 10 años.

En el caso de las acciones, del petróleo, del café las “condiciones” que determinan sus precios son más inestables dando una mayor volatilidad a la formación de los precios de mercado.

Aplicando nuestros cuadros anteriores pueden darse variaciones tanto del lado de la oferta como del lado de la demanda.

La conclusión de la Escuela Austriaca acerca de la formación de los precios es distinta a la explicación de la curva de oferta y demanda.

Los empresarios deciden producir una cierta cantidad de bienes en función de la rentabilidad “esperada”.

Si el empresario tiene fe en un cierto precio esperado verá cuanto cuesta producirlo, contratará factores productivos, incurrirá en costos y se lanzará a producir una cierta cantidad de bienes que “espera” poder vender para obtener la rentabilidad “esperada”.

Una vez que la producción finalizó los costos están hundidos, son historia. Ahora la mercadería está en las estanterías esperando que los consumidores compren y formen precios reales. Mientras nadie compre el precio sigue siendo “esperado” o si se quiere un “deseo”. Si los consumidores compran el bien al “precio esperado”, se transforma en precio real y las expectativas se confirman y se les toma más confianza tanto a las estimaciones como al productor.

Si en cambio el tiempo transcurre y no se vende la confianza en el precio esperado empieza a caer, se incurre en problemas de liquidez. Si el bien es perecedero las pérdidas en las que se puede incurrir son mayores.

Si el precio esperado no se confirma, el empresario puede renovar sus esperanzas y esperar un tiempo más o si pierde la confianza la única manera que tiene de achicar pérdidas es bajando el precio.

De esta manera los economistas de la Escuela Austriaca se diferenciaron de los economistas matemáticos en los siguientes puntos:

  1. Los costos no influyen de ninguna manera en la determinación de los precios. Es la utilidad marginal la que determina los precios: es decir la cantidad disponible y la predisposición a pagar de los consumidores según la utilidad marginal de los bienes.
  2. La cantidad ofrecida de bienes no depende del costo marginal sino de la rentabilidad esperada por parte de los productores.

 

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