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AcemogluSeptiembre, 2013
Rafael Rincón – Urdaneta Zerpa

Hay tres clases de libros: los que hay que consultar una vez, los que merecen una lectura en la vida y los que hay que tener. Por qué fracasan los países (Why nations fail) de Daron Acemoglu y James A. Robinson (2012) pertenece a la última categoría. Es de esos que deben ser atesorados en la biblioteca para revisar y leer una y otra vez, tal como sugieren los elocuentes elogios recibidos. La prensa, académicos reconocidos y autores de prestigio como Niall Ferguson, Charles C. Mann y Francis Fukuyama, así como al menos una media docena de premios Nobel de Economía –Kenneth J. Arrow (1972), Robert Solow (1987), Gary Becker (1992), Michael Spence (2001), George Akerloff (2001) y Peter Diamond (2010)–, han expresado las más positivas opiniones acerca de las casi 600 páginas que tiene el trabajo, al menos en su versión para el mundo hispanoparlante.

Los autores se hacen una pregunta que, de uno u otro modo, ha sido recurrente en la historia de la humanidad y es vital como tantas de su tipo: ¿qué hace que algunos países se enriquezcan mientras otros continúan tercamente en la pobreza? O, dado que pareciera ser más enfática la preocupación por el fracaso que por el éxito, la gran cuestión es por qué los países fracasan, incluso sistemática y deliberadamente.

Acemoglu y Robinson son bastante más prácticos que netamente teóricos, no porque la teoría carezca de importancia, sino porque es, a fin de cuentas, la realidad la que termina por confirmar o refutar las propuestas generadas en los escritorios y las bibliotecas. Como una vez hiciera Maquiavelo hacia 1513 al escribir El Príncipe para explicar cómo funciona el poder y qué deben hacer los gobernantes para tener éxito, los autores no recurren a pensadores ni a ideas filosóficas, sino a los hechos concretos y a las lecciones históricas. Por qué fracasan los países es, así, un compendio de ejemplos ilustrativos que sostiene la tesis del libro.

Para quienes creen que el destino de un país está escrito por lo que albergan sus bosques, mares y subsuelos, por su clima y, en definitiva, por su situación geográfica, la respuesta del libro que reseñamos traerá noticias no muy buenas. Lo mismo vale para los que opinan que el legado cultural, así nada más, es determinante. Y será una tremenda decepción para quienes creen que los países ricos debe su condición a que han hundido los colmillos en las venas de los pobres a fin de succionar sus recursos. Acemoglu y Robinson aseguran que la clave está en las instituciones, tanto en su tipo y diseño –principalmente– como en su calidad y desempeño.

Por qué fracasan las naciones tiene 15 capítulos y ya los tres primeros son demoledores. El Capítulo 1, Tan cerca y, sin embargo, tan diferentes, cuenta la historia de los dos Nogales. Uno se encuentra en Arizona, Estados Unidos, y el otro en Sonora, México. Separados físicamente por una alambrada y con la misma población, cultura y situación geográfica, viven vidas de calidades tan distintas como distintas son sus instituciones. La primera, mucho más rica que la segunda, tiene instituciones políticas y económicas superiores a las de la segunda. Los resultados de esto pueden ser advertidos fácilmente, incluso por el visitante más distraído. Podría alguien decir que un caso así no prueba absolutamente nada y que constituye algo meramente excepcional, pero basta ver historias más conocidas y situaciones de mayor escala como las de las antiguas Alemania Oriental (comunista) y Alemania Occidental (capitalista). O podría verse la diferencia abismal existente en la miserable Corea del Norte, bajo el régimen hereditario que la ha gobernado por décadas, y la próspera Corea del Sur, libre, abierta al mundo y dedicada a la innovación y al comercio. La imagen es única: una conocida fotografía satelital nocturna que deja ver las incandescentes luces al sur y la más oscura penumbra al norte.

En el Capítulo 2, Teorías que no funcionan, Acemoglu y Robinson exponen qué explicaciones del desarrollo y del subdesarrollo no sirven de mucho y por qué. Ni la situación geográfica ni la cultura son suficientes para revelar por qué unos países tienen éxito y otros no. Ni siquiera el que sus líderes no sepan qué hacer para producir riqueza –el desconocimiento o la ignorancia– es decisivo. Mientras tanto, en el tercer capítulo, La creación de la prosperidad y la pobreza, los autores avanzan en la cuestión de cómo las instituciones crean incentivos, determinan las políticas y, al final, dependiendo del caso, la prosperidad y la pobreza.

En suma, cada sociedad funciona gracias a un conjunto de reglas políticas y económicas creadas e impuestas por el Estado y los ciudadanos colectivamente. Y mientras las instituciones económicas dan forma a los incentivos económicos (p. 59), es el proceso político lo que determina bajo qué instituciones económicas se vivirá, y son las instituciones políticas las que determinan cómo funciona ese proceso (p. 60). A modo de ejemplo, las instituciones políticas de una nación marcan la capacidad de los ciudadanos de controlar a los políticos e influir en su comportamiento. Así, para Acemoglu y Robinson, en la vida real, las instituciones influyen en el comportamiento mediante incentivos.

Es cierto, como se deja entrever, que la cultura y los valores son importantes, incluso para crearlas y sostenerlas, pero la fortaleza y la calidad de las instituciones tiene un poder efectivo en las conductas que va más allá de las motivaciones éticas y los principios de las personas. Esto porque los incentivos pueden orientar a los individuos a tomar, buenas o malas, unas u otras decisiones o tener unas u otras actitudes. Y esto va forjando el éxito o el fracaso de los países. Y es verdad que el talento individual “importa en todos los niveles de la sociedad, pero incluso este factor requiere un marco institucional para transformarse en una fuerza positiva” (p. 60).

Entre los capítulos 4 y 15, los autores van reforzando su teoría e ilustrándola con ejemplos mediante una línea argumental “institucionalista” que no es nueva, tal como lo evidencian algunos de sus exponentes recientes más conocidos –es el caso de Douglass North. Asimismo, van desarrollándose dos conceptos clave: el de instituciones extractivas y el de instituciones inclusivas, ambos citados por Niall Ferguson en su libro La Gran Degeneración (2013).

Las primeras tienen propiedades opuestas a las que poseen las segundas y están diseñadas, como su nombre sugiere, para extraer rentas y riqueza de un conjunto de la sociedad a fin de beneficiar a un subconjunto distinto (p. 98). Por ejemplo, fueron extractivas instituciones –de hecho, una red de instituciones– como las que implantó la conquista española en la parte sur del continente americano para explotar a los pueblos indígenas. El conjunto constituido por encomienda, mita, repartimiento y trajín tenía como objetivo forzar a los pueblos indígenas a mantener un nivel de vida de subsistencia y extraer así toda la renta restante para sus amos. ¿Cómo se logró? Expropiando la tierra, obligando a trabajar a los esclavizados, ofreciendo sueldos bajos por el trabajo, imponiendo impuestos elevados y cobrando precios altos por productos que ni siquiera se podían comprar voluntariamente. Instituciones extractivas como estas podían producir buenos ingresos para la Corona española y enriquecer a los conquistadores y a sus descendientes, pero no sentar las bases del desarrollo futuro.

Pero hay ejemplos más recientes o actuales. El socialismo como vía hacia la utopía comunista es un diseño institucional extractivo por naturaleza y excelencia, tal como demostró la realidad y como lo denunciaron, a su manera y desde sus ópticas, incluso hombres de la izquierda como George Orwell en el campo de la cultura. O, en el campo político e intelectual, Milovan Đilas, un altísimo jerarca comunista yugoslavo que escribió La Nueva Clase (Нова Класа, 1957) y terminó expulsado del partido y del gobierno y tras los barrotes.

Aún hoy podemos ver las instituciones extractivas en acción, sea Corea del Norte y Cuba, como fue en todo el bloque de influencia soviética. O sea en países africanos controlados por regímenes autoritarios que subyugan a la sociedad mediante un diseño institucional que mantiene en la miseria a la mayoría mientras garantiza privilegios a una clase gobernante.

Por su parte, las instituciones inclusivas son antónimas. Reparten el poder. ¿Qué ocurrió en los hoy Estados Unidos de América siglos atrás?

“Como no era posible coaccionar ni a los lugareños ni a los colonos, la única alternativa que quedaba era dar incentivos a los colonos. En 1618 empezó el ‘sistema de reparto de tierras por cabeza’, que daba a cada colono adulto hombre cincuenta acres de tierra y cincuenta acres más por cada miembro de su familia y por cada sirviente que pudiera llevar a Virginia. Los colonos recibieron sus casas y fueron liberados de sus contratos y, en 1619, se introdujo una Asamblea General que daba voz efectiva a todos los hombres adultos en las leyes y las instituciones que gobernaban la colonia. Era el inicio de la democracia en Estados Unidos” (p. 41)

Cuentan Acemoglu y Robinson que la única opción para lograr una colonia viable económicamente era crear instituciones que dieran incentivos a los colonos para invertir y trabajar duro (de hecho, para que quisieran trabajar). Y pronto exigieron mayor libertad económica y más derechos políticos. Es, básicamente, una tesis similar a la de Milton Friedman acerca de cómo la libertad económica y el poder que da la propiedad son tan importantes para ejercer los derechos políticos, poniendo límites al poder político gobernante y repartiendo dicho poder ampliamente en la sociedad. Naturalmente, en este espacio la competencia, la innovación y otras bondades operan de mejor manera. ¿Cómo le va hoy al mundo que goza de libertades económicas y políticas amplias?

Finalmente, algo que merece un vistoso subrayado: observadas las cosas desde esta perspectiva, y conociendo la íntima relación entre los ámbitos político y económico, puede entenderse cómo hay países que se mantienen pobres de manera deliberada. En muchos casos, una élite diseña instituciones económicas para enriquecerse y perpetuar su poder a costa de la mayoría de las personas (p. 465). Así, la perpetuación en el poder motiva –y a la vez facilita– a sus detentores a mantener las cosas como están, bloqueando el crecimiento y evitando que la sociedad mejore sus condiciones, pues esto último requeriría cambiar las instituciones a modo inclusivo, repartir el poder… y perder los privilegios. Acemoglu y Robinson creen que el molde del vicio y la miseria puede romperse, pero ese es precisamente el gran desafío.

Publicado originalmente por la Fundación Progreso y Libertad de Chile.

Acceda aquí al cap. 10 del libro.

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