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ABLParte de las clases de Albert Jay Nock en la Universidad de Virginia fueron publicadas en forma de un libro que tuvo gran difusión titulado The Theory of Education in the United States, al que se sumaron otras numerosas obras y artículos de su autoría. Escribió un ensayo en 1937 reproducido en castellano en Buenos Aires (Libertas, Año xv, octubre de 1998, No. 29) titulado “La tarea de Isaías” (“Isaiah´s Job”). En ese trabajo subraya la faena encargada al mencionado profeta bíblico de centrar su atención en influir sobre la reducida reserva moral (remnant en inglés): “De no habernos dejado Yahvéh un residuo minúsculo , como Sodoma seríamos, a Gomorra nos pareceríamos” (Isaías, 1-9).

A partir de lo consignado, Nock elabora sobre lo decisivo del remnant al efecto de modificar el clima de ideas y conductas y lo inconducente de consumir energías con las masas. Así, escribe nuestro autor que, a diferencia de las reservas morales, siempre reducidas en número, “el hombre-masa es el que no tiene la fuerza intelectual para aprehender los principios que resultan en lo que conocemos como la vida humana, ni la fuerza de carácter para adherir firme y estrictamente a esos principios como normas de conducta, y como esas personas constituyen la abrumadora mayoría de la humanidad, se las conoce como las masas”. Y lo dice en el mismo sentido orteguiano y de Gustav Le Bon, pueden ser pobres o ricos, profesionales o sin oficio, ubicados en una u otra posición social, “se trata de un concepto cualitativo y no de circunstancia”.

Esta tarea clave encomendada a Isaías, se aleja de aquellos que no son personas íntegras ni honestas intelectuales sino timoratas que tienen pánico de ir contra la corriente aun a sabiendas que lo “políticamente correcto” se encamina a una trampa fatal. Necesitan el aplauso, de lo contrario tienen la sensación de la inexistencia. Ponen la carreta delante de los caballos y su sueño (y su fantasía) es dirigirse a la aprobación de multitudes y no les preocupa la satisfacción moral de sostener la verdad. Nunca avanzan en nada puesto que en último análisis se someten a los subsuelos reclamados por la mayoría en lugar de intentar revertir la decadencia. Son manipulados en constantes corrimientos en el eje del debate que no han sido capaces de administrar. Cada vez más se ven obligados a modificar su lenguaje y propuestas en un declive sin fin mientras no encuentren la voluntad y la fuerza para influir en el movimiento de ese eje crucial. No manejan la agenda, son obligados a tratar lo que otros indican y del modo que los establecen.

Estos son los que la juegan de “líderes”, los demás aparecen como bultos exaltados con promesas demagógicas pero que en definitiva dirigen los acontecimientos y empujan a los supuestos líderes a la bancarrota.

Hay incluso quienes podrían ofrecer contribuciones de valor si fueran capaces de ponerse los pantalones y enfrentar lo que ocurre con argumentos sólidos y no con mentiras a medias, pero sucumben a la tentación de seguir lo que en general es aceptado. No se percatan de la inmensa gratificación de opinar de acuerdo a la conciencia y de la fenomenal retribución cuando aunque sea un alumno, un oyente o un lector dice que lo escuchado o leído le abrió nuevos horizontes y le cambió la vida. Prefieren seguir en la calesita donde en el fondo son despreciados por una y otra tradición de pensamiento puesto que es evidente su renuncia a ser personas íntegras que pueden mirarse al espejo con objetividad.

Y no es cuestión de alardear de sapiencia, todos somos muy ignorantes y a mediada que indagamos y estudiamos confirmamos nuestro formidable desconocimiento. Se trata de decencia y sinceridad y, sobre todo, de enfatizar en la imperiosa necesidad del respeto recíproco, entre otras cosas, por la referida ignorancia superlativa que es una de las razones por la que no podemos tener la arrogancia de manejar vidas y haciendas ajenas.

Este razonamiento excluye a los políticos puesto que en esta instancia del proceso de evolución cultural su función en la democracia es la de atender lo que demanda la gente. Hay aquí un posible correlato con el empresario quien, para tener éxito, debe entregar los bienes y servicios que requiere la gente y no lo que le agrada al gerente. Uno y otro deben dirigirse a su público a riesgo de perecer. Los personajes a que nos referíamos con anterioridad son simples secundones de los políticos, en lugar de asumir un rol independiente y digno al efecto de contribuir al encauzamiento de las cosas por una senda fértil.

Por otro lado, si nos quejamos de los acontecimientos, cualquiera éstos sean, el modo de corregir el rumbo es desde el costado intelectual, en el debate de ideas y en la educación. Y este plano no está subordinado a los deseos del público sino que por su naturaleza debe seguir las elucubraciones que honestamente piensan sus actores. Es desde ese nivel que produce lástima y vergüenza el bastante generalizado renunciamiento a valores y principios que se saben ciertos.

Como se ha señalado en incontables oportunidades, los socialismos son en general más honestos que supuestos liberales en cuanto a que los primeros se mantienen firmes en sus ideales, mientras que los segundos suelen retroceder entregando valores a sabiendas de su veracidad, muchas veces a cambio de prebendas inaceptables por parte del poder político o simplemente en la esperanza de contar con la simpatía de las mayorías conquistadas por aquellos socialistas debido a su perseverancia.

Ya he puesto de manifiesto en otra ocasión que la obsesión por “vender mejor las ideas para tener más llegada a las masas” es una tarea condenada al fracaso, principalmente por dos razones. La primera queda resumida en la preocupación de Nock en el contexto de “la tarea de Isaías”. El segundo motivo radica en que en la venta propiamente dicha no es necesario detenerse a explicar el proceso productivo para que el consumidor adquiera el producto. Es más que suficiente si entiende las ventajas de su uso. Cuando se vende una bicicleta o un automóvil, el vendedor no le explica al público todos los cientos de miles de procesos involucrados en la producción del respectivo bien, centra su atención en los servicios que le brindará el producto al consumidor potencial. Sin embargo, en el terreno de las ideas no se trata solo de enunciarlas sino que es necesario exponer todo el hilo argumental desde su raíz (el proceso de producción) que conduce a esta o aquella conclusión. Por eso resulta más lenta y trabajosa la faena intelectual. Solo un fanático acepta una idea sin la argumentación que conduce a lo propuesto. Además, los socialismos tienen la ventaja sobre el liberalismo que van a lo sentimental con frases cortas sin indagar las últimas consecuencias de lo dicho (como enfatizaba Hayek, “la economía es contraintuitiva” y como señalaba Bastiat “es necesario analizar lo que se ve y lo que no se ve”).

Por eso es que el aludido hombre-masa siempre demanda razonamientos escasos, apuntar al común denominador en la articulación del discurso y absorbe efectismos varios. Por eso la importancia del remnant que, a su vez, genera un efecto multiplicador que finalmente (subrayo finalmente, no al comienzo equivocando las prioridades y los tiempos) llega a la gente en general que a esa altura toma el asunto como “obvio”. Este es el sentido por el que hemos citado a John Sturat Mill en cuanto que toda idea buena que recién se inaugura invariablemente se le pronostican tres etapas: “la ridiculización, la discusión y la adopción”. Y si la idea no llega a cuajar debido a la descomposición reinante, no quita la bondad del testimonio, son semillas que siempre fructifican en espíritus atentos aunque por el momento no puedan abrirse paso.

Es por esto que se ponen de manifiesto culturas distintas; en un pueblo primitivo (no en cuanto a que es antiguo sino en cuanto a incivilizado, en cuanto a “cerrado” para recurrir a terminología popperiana) no concibe principios y valores que adopta una “sociedad abierta”. La secuencia que comienza con el remnant no tuvo lugar en el primer caso y sí se produjo en el segundo.

En relación al indispensable respeto a que nos hemos referido más arriba, sostengo que es conveniente que reemplace a la expresión “tolerancia” ya que ésta conlleva cierto tufillo inquisitorial debido a que deriva de una gracia o un permiso de la autoridad para profesar el culto de cada cual (o de ninguno). Tuvieron que lidiar con estos asuntos escabrosos pensadores como Erasmo, Samuel Pufendorf, John Locke, Voltaire y Castalion (pensemos que hasta Sto. Tomás de Aquino justificó en la Suma Teológica que “la herejía es un pecado por el que merecieron no sólo ser separados de la Iglesia por la excomunión, sino también ser excluidos del mundo por la muerte”; 2da. 2da., q.xi, art. iii). El reemplazo sugerido evita la absurda noción de autorizaciones como el bienintencionado Edicto de Nantes (abrogado a poco andar) y es por todo esto que en la primera línea de la primera enmienda de la Constitución estadounidense se elude el empleo de aquella palabra. Los derechos se respetan no se toleran, lo contrario trasmite el mensaje del error en la conducta del tolerado, que se “tolera” desde un plano “superior” que dictamina sobre si debe o no tolerarse determinada creencia. De más está decir que el respetar la conducta del otro que no lesiona derechos no significa suscribir su proceder ni adherir al relativismo epistemológico.

En resumen, creo que es pertinente para ilustrar como es que nunca se desperdician las contribuciones bienhechoras de las personas íntegras -aun operando en soledad- lo apuntado por la Madre Teresa de Calcuta cuando le dijeron que su tarea era de poca monta puesto que “es solo una gota de agua en el océano” a lo que respondió “efectivamente, pero el océano no sería el mismo sin esa gota”.