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ABLHay un peligroso malentendido por parte de no pocos de los que se autotitulan “prácticos”, subestimando a los “teóricos”. El dictum en el sentido de que “nada hay más práctico que una buena teoría” revela que todo lo que hacemos en la práctica precisamente se basa en una teoría. Ésta puede ser correcta o incorrecta en cuyo caso lograremos el objetivo o no.

Todo lo que nos rodea nace de una teoría: el método para cosechar, la heladera, el automóvil, la construcción de viviendas, los anteojos, las computadoras, el diseño de ropa, la medicina, el lavarropas, el derecho, la economía, la electricidad, el mobiliario, la química, la astronomía y así sucesivamente. El práctico se aprovecha de los trabajos teóricos conciente o inconcientemente para obtener sus metas, de lo contrario es actuar a los tumbos.

El pragmatismo, especialmente aplicado a la política significa que de todas las teorías existentes se adopta la que resulte posible, lo cual quiere decir que será lo que la opinión pública del momento es capaz de absorber, situación que en no pocas ocasiones obliga a incorporar teorías falsas o truncas.

En esta instancia del proceso de evolución cultural, el político es un megáfono de lo opinión pública: como he escrito en varias oportunidades, debe tener la flexibilidad necesaria si desea mantenerse en carrera, de lo contrario no tendrá futuro en la arena política.

Entonces, la tarea fundamental consiste en influir sobre la referida opinión pública al efecto de correr el eje del debate, es decir, forzar un cambio en la articulación del discurso y esto solo se logra a través de la educación formal e informal. Es por esto que tanta razón tenía el marxista Antonio Gramsci al sostener que debe “tomarse la cultura y la educación, el resto se dará por añadidura”.

Hayek ha consignado con razón que “Necesitamos líderes intelectuales que estén preparados para resistir las tentaciones del poder y que estén preparados para trabajar por un ideal, sin importarle lo pequeña que pueda ser la posibilidad de su inmediata realización. Tiene que haber hombres que estén dispuestos a seguir principios y pelear por su total realización aunque ésta sea lejana en el tiempo”. Y más adelante subraya que “Aquellos que se han concentrado en lo que al momento parecía practicable dado el estado de la opinión pública, constantemente se percatan que incluso esto rápidamente se ha convertido en políticamente imposible debido a cambios en la opinión pública sobre la que ellos han sido incapaces de influir”.

A mi entender es un verdadero desperdicio que haya intelectuales que la juegan de políticos desde el llano, sin estar en la arena política. Dado a que aspiran a tener cargos, renuncian a influir en otros para que se comprendan valores y principios y son en cambio “flexibles” en la esperanza de lograr el cometido del puesto en la burocracia. El pragmatismo no solo es algo comprensible sino necesario en el plano político: se debe conciliar y ceder lo que sea conveniente para mantenerse en la carrera política y, de ese modo, acceder a las demandas de la gente. Si un político hace caso omiso de lo que reclama la opinión pública tendrá sus días contados como político. Al contrario, si un profesor intenta averiguar que pretenden sus alumnos antes de dictar su clase, está terminado como catedrático. Son funciones cruzadas. El político no puede jugar al intelectual a riesgo de perder apoyo electoral, como que el intelectual pierde la brújula si la juega de político.

Como dice Hayek, necesitamos intelectuales cuyo norte sea la honestidad intelectual y la integridad moral a la altura de su misión: apuntar a corrimiento en el eje del debate para darle plafón al político en sus propuestas. El clima de opinión que se constata en el presente es consecuencia inexorable de la faena intelectual sea en una u otra dirección. Y no es que un intelectual no pueda ser político, es solo que deberá cambiar su rol drásticamente (hay sin duda cuasi-crímenes como cuando un valioso intelectual opta por dedicarse a la política…como si el premio Nobel Federico Leloir, en lugar de dedicarse a lo que se dedicó hubiera invertido su tiempo en ser intendente de Chascomús).

Lo dicho nada tiene que ver con la ideología, una expresión que en su uso común difiere sustancialmente de la definición del diccionario y de la idea marxista de “falsa conciencia de clase” para aludir algo terminado, cerrado, dogmático e inexpugnable, es decir, lo contrario al liberalismo que es siempre un proceso en ebullición puesto que el conocimiento es provisorio abierto a refutación.

Ilustro la idea que venimos desarrollando con un diálogo imaginario entre A (intelectual liberal) y B (político en funciones de cualquier partido).

A: le solicito una entrevista señor B al efecto de someter a su consideración unos proyectos que tengo preparados.

B: con mucho gusto, lo espero.

A: en primer término sugiero proponga al Parlamento que se liquide la banca central que es el centro de la confiscación del patrimonio de la gente ya que en cualquier dirección que proceda, sea o no independiente de las autoridades políticas, podrá operar solo en una de tres vías: expandir la base monetaria, contraerla o dejarla en el mismo nivel con lo que siempre distorsionará los precios relativos, lo cual, a su turno, desfigura las únicas señales que tiene el mercado para funcionar y, consecuentemente, disminuirán las tasas de capitalización junto con los salarios e ingresos en términos reales.

B: me despido de usted después de escuchar semejante granada verbal, un discurso de esa naturaleza terminaría con mi carrera ya que debo adaptarme a lo que la opinión pública puede digerir y aceptar.

Finalizo esta nota periodística con un ejemplo concreto de la incomprensión manifiesta que venimos puntualizando. Días pasados, en un congreso en Rosario (Argentina), entre otros, se suscitó un intercambio de ideas sobre el concepto de convertibilidad expuesto por Iván Carrino acerca de lo que escribió un esclarecedor y muy documentado artículo Adrián Ravier en el que da cuenta de mi participación en aquél debate, nota que oportunamente leyó Domingo Cavallo. Entonces, este último opinó en su blog, entre cuyos conceptos se lee que “hay todavía seguidores de la escuela Austríaca, algunos muy prominentes e influyentes, como Alberto Benegas Lynch, que no parecen tener capacidad de análisis histórico, como para distinguir entre ideas que pueden llevarse a la práctica y aquellas que son imposibles frente a los condicionamientos de la realidad. […] Me gustaría algún día discutir estos temas con Alberto Benegas Lynch, que, por lo que comenta Adrián Ravier, es quien dentro de los austríacos considera chiste de mal gusto mi figura al lado de las de Von Mises y Hayek”.

Iván Carrino me propuso concretar ese debate de inmediato que sugerí se lleve a cabo en marzo próximo. De cualquier manera, la antedicha cita pone de relieve el superlativo desconocimiento de nuestra interpretación de los distintos roles que desempeña el intelectual y el político, en este caso en el contexto de los tremendos desbarajustes del menemato.