Etiquetas

,

Comparto mi última columna en Economía Para Todos.

Los economistas a veces insistimos con la importancia de las instituciones no por qué no nos importe el corto plazo, sino porque no queremos sacrificar el largo plazo por beneficios transitorios de corto plazo. Desde que Adam Smith escribe la Riqueza de las Naciones en 1776, la pregunta de fondo es por qué hay países con distintos niveles de riqueza, indistintamente de sus ciclos de corto plazo. Cuando fue la crisis del 2008, el Kirchnerismo se autoelogiaba al decir que en Argentina se estaba mejor por qué no estaba en crisis (por más que al poco tiempo se comenzó a insistir con qué el mundo se nos cayó encima.) Sin negar los efectos obvios que las crisis tienen sobre personas concretas, las economías americanas y europeas generan más riqueza per cápita en crisis que Argentina durante un boom. No es, tampoco, que en Argentina no haya pobreza y esta sólo sea un fenómeno de la crisis 2008 en el mundo desarrollado.

La importancia de las instituciones es difícil de percibir por dos motivos. En primer lugar las instituciones son abstractas. No se puede ver ni tocar. Son las reglas de juego de la sociedad y como tal definen los incentivos de los agentes económicos. Si se cambian las reglas del fútbol, los jugadores cambiaran su juego de acuerdo a las nuevas reglas. En segundo lugar, sus efectos son de largo plazo. Por cuestiones pragmáticas estamos acostumbrados a automáticamente pensar en calendarios anuales. Pero los tiempos de la economía no responden a las convenciones sociales. Tienen su propio tiempo. Las economías ricas no se crean ni destruyen en uno o dos años. De allí la importancia de la consistencia en un marco institucional apropiado.

Seguir leyendo en EPT.