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ABLEste escritor (1896-1970) es considerado uno de los más destacados de la literatura estadounidense del siglo veinte. Se apartó de la narrativa lineal para, tal como se ha indicado, incursionar en una especie de extrapolación del collage en pintura a la escritura al relatar historias simultáneas sin aparente conexión, lo cual se percibe especialmente en su Manhattan Transfer, justamente para describir muchas vidas y acontecimientos distintos de personas de muy diversos orígenes que buscaban un destino mejor en la Nueva York de la estatua de la libertad con las célebres, generosas y hospitalarias líneas de Emma Lazarus al pie.

Dos Passos comenzó siendo socialista en su juventud, tradición que abandonó a raíz de su viaje a la Unión Soviética tal como describe ese tránsito intelectual en sus memorias (Años inolvidables).

En este artículo me detendré a escudriñar dos de sus ensayos, “Pensamientos en un teatro de Roma” y, especialmente, “A Question of Elbow Room” (que no tiene una traducción exacta). Borges sostenía que hay escritos que no puede traducirse, por ejemplo, “estaba sentadita”. En nuestro caso, puede traducirse pero de manera parcial como “una cuestión de espacio vital” pero no es exacta (como se ha dicho, “it´s raining cats and dogs” puede traducirse como “llueve mucho” pero naturalmente no que “llueven gatos y perros” etc. Siempre hay que tener en cuenta lo consignado por Victoria Ocampo en cuanto a que “no se puede traducir a puro golpe de diccionario”).

En todo caso, comencemos con este último ensayo que nos ocupará más espacio que el primero donde el autor alude a la importancia del individualismo como respeto a las autonomías individuales y no como peyorativamente se lo suele entender, es decir, como la apología del aislamiento y la autarquía que en realidad es propugnada por los socialismos, intervencionismos y “proteccionistas”. Precisamente, el individualismo permite abrir de par en par las relaciones interindividuales para beneficio de las partes involucradas.

Nuestro autor destaca a Chaucer como pionero en su Cantebury Tales al centrar la atención en la individualidad de sus personajes, que según él cambió la forma de hacer literatura y atribuye esta tendencia a la evolución del derecho y al consiguiente respeto recíproco en las instituciones inglesas. Dos Passos define muy bien el “elbow room” como inseparable de la dignidad de la condición humana y de su necesaria libertad.

Se detiene a considerar lo que ha venido ocurriendo en el tradicional baluarte del mundo libre que poco a poco ha abandonado la filosofía jeffersionana del pensamiento independiente y la posibilidad que cada uno siga su camino, asumiendo la responsabilidad por sus actos, para en su lugar “enseñar a las personas a ajustarse a las demandas de la sociedad y del estado” y escribe que Jefferson “al igual que su contemporáneo escocés, Adam Smith, confiaba en los resultados del interés personal” que desde luego no incluye la lesión de iguales derechos.

Reitera que en Estados Unidos, “edificar un estado que permita el mayor ´elbow room´ parece un concepto obsoleto” tendencia que dice el autor deberíamos sustituir por “la pasión por el individualismo en lugar de la conformidad” y sostiene que aparentemente “el primer resultado de la comunicación masiva y la educación masiva ha sido el nivelar el pensamiento al más bajo común denominador, muy cerca del nivel del idiota”, cosa que desde luego no significa dejar de preocuparse por la extensión de ambas cosas las que Dos Passos admira cuando de excelencia se trata.

Por último, señala y advierte los riesgos de la votación mayoritaria ilimitada y en ese contexto lo cita a Thomas Maculay que en una carta a H. S. Randall dice que “Siempre he estado convencido que las instituciones puramente democráticas [ilimitadas en el proceso electoral respecto a los derechos de las minorías] tarde o temprano destrozarán la libertad o la civilización o más bien las dos”.

Como he apuntado antes, Robert Nozick ha escrito que no hay tal cosa como “el bien social”, no cabe el antropomorfismo de lo social, no es una entidad con vida propia. Es la persona, el individuo, que piensa, siente y actúa. En el extremo, resulta tragicómico cuando se afirma que Inglaterra propuso tal o cual cosa a lo que le contestó África de esta o aquella manera, en lugar de precisar que fue fulano o mengano el que se expresó en un sentido o en otro.

Como queda dicho, la Escuela Escocesa, especialmente Adam Smith y Adam Ferguson, señalaron que en una sociedad abierta cada persona siguiendo su interés personal satisface los intereses de los demás con lo que crean un sistema de coordinación más complejo de lo que cualquier mente individual puede concebir. En libertad, las relaciones sociales se basan en la necesidad de satisfacer al prójimo como condición para mejorar la propia situación. Esto va desde las relaciones amorosas y la simple conversación a los negocios cotidianos de toda índole y especie.

Como también ha destacado Hume y tantos otros pensadores de fuste, el interés personal es la característica central de la condición humana, en verdad resulta en una tautología puesto que si no está en interés del sujeto actuante no habría acción posible. Todos las acciones -sean éstas sublimes o ruines- se basan en el interés personal. Los marcos institucionales de una sociedad libre apuntan a minimizar los actos que lesionan derechos, es decir, el fraude y la violencia.

Es el colectivismo el que bloquea y restringe los arreglos contractuales libres y voluntarios entre las partes que deja de lado el hecho que el conocimiento está fraccionado y está disperso entre millones de personas, para en cambio concentrar ignorancia al pretender la regimentación de la vida social.

En los procesos de mercado, es decir, en los procesos en que la gente contrata sin restricciones (siempre que no se lesionen derechos de terceros), los precios constituyen las señales e indicadores para poder operar. Cuando los aparatos estatales se inmiscuyen en estos delicados mecanismos, inevitablemente se producen desajustes y desórdenes de magnitud diversa. Como se ha subrayado reiteradamente, en la medida en que los precios no reflejan en libertad las recíprocas estructuras valorativas, se obstaculiza la evaluación de proyectos y la contabilidad y se oscurece la posibilidad de conocer el aprovechamiento o desaprovechamiento del siempre escaso capital.

El colectivismo -el ataque a la propiedad privada- conduce a lo que Garret Hardin bautizó ajustadamente como “la tragedia de los comunes”, a saber, lo que es de todos no es de nadie y se termina por destrozar el bien en cuestión. El colectivismo funde a las personas como si se trataran de una producción en serie de piezas amorfas que pueden manipularse como muñecos de arcilla, en cuyo contexto naturalmente el respeto desaparece.

Como queda expresado, el individualismo abre las puertas de par en par para que se lleven a cabo obras en colaboración, ese es el sentido por el que el hombre se inserta en sociedad (la autarquía nacionalista empobrece y embrutece). No es entonces para que lo dominen, sino para cooperar con otros produciendo ventajas recíprocas. El mismo mercado es una obra en colaboración así como lo es el lenguaje y tantas otras manifestaciones de la vida social.

No debe perderse de vista que los múltiples trabajos en colaboración remiten a la consideración y satisfacción del individuo. Por eso, cuando se dice que debe contemplarse el bien común y no la satisfacción individual se está incurriendo en un error conceptual. Como han explicado Michael Novak y Jorge García Venturini, el bien común es el bien que le es común a cada uno, es decir, el bien del conjunto es precisamente la satisfacción legítima de cada cual.

Prácticamente todo es el resultado de obras en colaboración: nuestras ideas son fruto de innumerables influencias de otros pensadores, no hay más que mirar una máquina de afeitar para imaginar los cientos de miles de personas que colaboraron, desde la fabricación del plástico, la combinación del metal, las cartas de crédito, los bancos, los transportes, los departamentos de marketing etc. Solo los megalómanos estiman que sus arrogantes decisiones son consecuencia de su sola voluntad y participación.

Arnold Toynbee en su crítica al colectivismo en Civilization on Trial escribe que “La proposición de que el individuo es una mera parte de un conjunto social puede ser cierta para los insectos, abejas, hormigas y termitas, pero no es verdad en el caso de seres humanos”.

En el segundo ensayo que mencionamos de Dos Passos refuta el mal llamado “Estado Benefactor” y concluye que “Una de las enseñanzas de la historia es que naciones enteras y tribus de hombres pueden ser aplastados por el peso imperial de instituciones que sus propios miembros han diseñado”. En esta línea argumental muestra la coincidencia entre el fascismo y el comunismo y apunta que todas las medidas totalitarias se llevan a cabo alegando “el bien de los trabajadores y campesinos. Es la base de lo que podríamos denominar la mentalidad Fidel Castro”.

Finalmente, subraya que el relativismo prevalente es uno de los más importantes causantes de la decadencia. Por nuestra parte, hemos escrito en otra ocasión que por el principio de no-contradicción, una proposición no pude corresponderse y no corresponderse simultáneamente con el objeto juzgado (el relativista toma como verdad su relativismo). También cabe destacar que, sin duda, todo lo que entendemos es subjetivo en el sentido de que es el sujeto que entiende, pero cuando hacemos referencia a la objetividad o a la verdad aludimos a las cosas, hechos, atributos y procesos que existen o tienen lugar independientemente de lo que opine el sujeto sobre aquellas ocurrencias y fenómenos que son ontológicamente autónomos. Lo antedicho en nada se contradice con el pluralismo y los diversos fines que persiguen las personas, dado que las apreciaciones subjetivas en nada se contraponen a la objetividad del mundo. Constituye un grosero non sequitur afirmar que del hecho de que las valorizaciones y gustos son diversos, se desprende la inexistencia de lo que es.

Recordemos que Ortega y Gasset en uno de sus trabajos más conocidos afirma que “la gente es nadie” ya que gente constituye un antropomorfismo, de lo que se trata es de establecer relaciones interindividuales con quien nos plazca y que todas las personas son únicas por una sola vez en la historia de la humanidad. Escribe Ortega en ese artículo que “se juega frívolamente, confusamente, con las ideas de lo colectivo, lo social, el espíritu nacional, la clase, la raza […] Pero en el juego las cañas se ha ido volviendo lanzas. Tal vez, la mayor porción de las angustias que hoy pasa la humanidad provienen de él”.