Cual marciano recién aterrizado, pero basándome en Ludwig von Mises (¿habrá sido él uno de ellos? :-)) ) insistí muchas veces en las ventajas económicas de la libre entrada y salida de capitales y de personas. Por supuesto que Donald Trump está equivocado en creer que la economía norteamericana se resentirá por la libre entrada de mexicanos, por supuesto que la Unión Europea está totalmente equivocada en su política de fronteras cerradas, porque pierden desarrollo y productividad; por supuesto que con una economía libre, cada persona es una fuente de producción, no un problema, y por supuesto que los estados providencia no han hecho más que agudizar el problema, al establecer una torta fija de redistribución que, por supuesto, es un juego de suma cero, como mucho: más para uno, menos para otro.

He señalado muchas veces, también, la contradicción de los que son partidarios de esas políticas intervencionistas y estatistas y luego reclaman solidaridad para inmigrantes y refugiados, al no darse cuenta de que producen precisamente las causas por los cuales todas esas personas quedan excluidas de la sociedad que intentan habitar.

Por supuesto que todo esto es difícil de entender y que además hay grupos de presión que no tienen ningún interés de entender nada, entre los cuales empresarios y sindicalistas son los peores.

Pero hay un problema más grave.

Después de la creación constructivista de los estados-nación del iluminismo, se produce (pocos los han visto, entre ellos, autores tan dispares como Feyerabend y Fromm (1)) una vuelta de campana con respecto a lo sagrado y fundamental en las sociedades. El problema de la cristiandad medieval no fue lo sagrado de la religión, como el problema del agua no es la humedad: el problema fue la relación casi solamente instrumental del “príncipe secular” a la autoridad religiosa. Pero, cuando después de siglos agitados se impone la secularización de la Revolución Francesa, el problema es peor. Como medios para lograr la unidad nacional bajo la secularización, se crean los símbolos nacionales: las banderas, los himnos, y toda la liturgia secularizada que los acompaña. Y a todo ello se lo “sacraliza”: se lo hace intocable. El pecado mortal, ahora, es no respetar esos símbolos que cumplen ahora el rol que cumplía antes la unidad religiosa. Claro, que la religión sea sagrada es, como dijimos, que el agua sea mojada, pero que esos símbolos NO religiosos sean sociológicamente sagrados no fue precisamente una evolución.

Muchos de estos estados-nación intentan superar la diversidad racial, pero no lo logran, y eso es gravísimo. A los símbolos nacionales, a la lengua nacional, a la salud y educación públicas y obligatorias, se agrega, más a-sistemáticamente, una unidad relativamente racial. Los blancos caucásicos son la mayoría de los estados nación europeos, y a pesar de que algunos estados-nación latinoamericanos, como la Argentina, tienen un porcentaje fundamental de inmigración europea, esa es la “sociológicamente aceptada”. Si, Argentina será una nación de inmigrantes, pero europeos. El típico nieto o bisnieto de españoles e italianos NO es “el otro”: esos son ya “nosotros”. El otro es el de los países limítrofes, ese sí es “el extraño” para el cual se practica un racismo vergonzante y escondido. Pero ese racismo no es fruto de la malicia, es fruto de que los horizontes culturales antiguos –herederos de las monarquías nacionales- juntan sus razas originarias con los nuevos estados-nación en una mezcolanza que escapa a la planificación del mundo feliz iluminista, produciendo en todo el mundo un racismo incorporado como parte del horizonte cultural.

Estados Unidos fue un caso único en la historia. Primero porque es el único caso en la historia donde la dicotomía laicista y racionalista entre lo estatal-secular y lo religioso-privado NO sucede: es una “nación” donde lo religioso tiene (¿tuvo?…) una dimensión pública NO estatal, cuestión muy difícil de entender para europeos y latinoamericanos. Segundo, porque es la única “nación” cuyo pacto fundacional NO está en orígenes nacionales-europeos comunes (por eso es una “nación” entre comillas) sino en la adhesión al pacto constitucional. Lo que constituye (¿o constituía?) a un norteamericano como tal es su adhesión a la Constitución, a la Declaración de Independencia y al Bill of Rights. No era la lengua, la raza, el aspecto, la religión, la cosmovisión: era el trabajar juntos bajo los mismos derechos. Y Maritain dijo muy claramente que el racismo contra el negro era una espina contradictoria clavada en la historia de los EEUU que debían superar o perecer. Pueden burlarse de Maritain, pero juzguen por ustedes mismos la historia posterior.

¿Demasiado bueno para ser verdad? Si, tal vez. El blanco, americano y protestante como bandera era una deformación mental tal vez inevitable luego del pecado original, es el Caín presente en medio del Abel Constitucional. Pero más evitables eran, tal vez, las políticas estatistas que fueron convirtiendo a los Estados Unidos en todo aquello contra lo cual Estados Unidos fue Estados Unidos. Ya sé que los rothbard-boys me van a decir que el problema estaba en la Constitución Federal; respeto esa opinión pero no me termina de convencer. De la Constitución Federal no derivaban (ni tenían que necesariamente derivar) el Welfare State, la Reserva Federal, los impuestos a la renta, la CIA o ser la policía del mundo. Pero todo ello sí que generó el muro que Donald Trump quiere levantar.

Aún hay esperanzas, tal vez. El afro-americano es ya un norteamericano. No está fuera de su casa, no es extranjero, es “afro” americano. Pero el racismo sigue presente, de un modo sutil e invisible. En los los wasp, por supuesto, y es visible, PERO fundamentalmente en aquellos que se consideran a sí mismos “latinos”. Es la línea argumental de la película Spanglish, la más racista de toda la historia del cine, donde la identidad de la protagonista es “ser hija de” su madre latina. Si yo me hiciera ciudadano de los EEUU, me molestaría que me llamaran “latino”: no, sería norteamericano, porque lo que me identificaría como tal es el juramento a la Constitución, en relación al cual mi raza es TOTALMENTE contingente. Pero los primeros ofendidos por mi postura serían la mayor parte de los argentinos.

El problema de la inmigración es, pues, este curioso racismo cultural, que Mises, cual profeta en un desierto, como siempre, trató de evitar en su gran libro Nation, State and Economy, de 1919. Pero parece que es imposible luchar contra el Caín que llevamos dentro. Los argentinos nietos y bisnietos de inmigrantes europeos se resisten por lo bajo a que cambie su raíz genética. No lo dicen, pero el no-europeo es para ellos inferior y “no argentino”. ¿Qué sucedería si recibiéramos una inmigración latinoamericana, negra y asiática en un 80 o 90 % que superara a “nuestros” genes europeos? Claro que en el dificilísimo caso de que tuviéramos una economía de mercado, ellos serían la solución económica, no el problema, pero el racismo biliar que nos constituye saldría por las orejas de modo vergonzante, precisamente porque creeríamos que “nuestra nación” está en peligro………….. Y es lo mismo que ahora sienten muchos norteamericanos y europeos. Claro, los Trump y etc no hacen más que ser re-transmisores, repetidoras culturales de todo ese odio inconsciente. Si, tal vez se necesiten más Gandhis, más Mandelas y más Luther Kings pero………… ¿Debemos fundar nuestras esperanzas en la rara aparición de esos cristos seculares?

El liberalismo clásico, la economía de mercado, no es una nación, precisamente. Es tal vez lo único que puede generar otras creencias con respecto al “extranjero”: en un “país” liberal no hay extranjeros, todos los que pisan el territorio y adhieren a la Constitución son ipso facto miembros de la comunidad política.

¿Pero no será el liberalismo clásico sólo el contrapeso de la historia de Caín? ¿No será por ello que el liberalismo clásico, el respeto al individuo, donde el otro es un par constitucional, sólo pudo emerger en una cultura judeo-cristiana? Pero si es así, ¿no será que su realización práctica será siempre muy imperfecta e inestable, porque sólo es la resistencia ante los poderosos muros del odio que nos constituye luego de la expulsión del paraíso?

Puede ser, pero ese no es motivo de desaliento: al contrario, es el ideal regulativo que debemos seguir defendiendo para evitar el infierno total, hasta que la segunda venida de Cristo nos libere para siempre de Caín.

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(1) “………El nacionalismo es nuestra forma de incesto, es nuestra idolatría, es nuestra locura. Su culto es el “patriotismo”. No es necesario decir que por patriotismo entiendo la actitud que pone a la nación propia por encima de la humanidad, por encima de los principios de la verdad y la justicia, y no el interés amoroso por la nación de uno, que es interés por el espíritu de la nación tanto como por su bienestar material, pero no por su poderío sobre otras naciones. Así como el amor por un individuo que excluye el amor por todos los demás no es amor, el amor por el país propio que no forma parte del amor por la humanidad no es amor, sino culto idolátrico.

El carácter idolátrico del sentimiento nacional puede advertirse en la reacción contra las violaciones de los símbolos del clan, reacción muy diferente de la que se produce contra la violación de los símbolos religiosos o morales. Figurémonos que un individuo pisotea en medio de la calle, en una ciudad del mundo occidental y a la vista de las gentes, la bandera de su país. Muy afortunado tendría que ser para no morir linchado. Casi todo el mundo experimentaría un sentimiento de indignación furiosa, que no permite pensar objetivamente. El individuo que había mancillado la bandera habría hecho algo indecible, habría cometido un crimen que no es un crimen como los demás, sino el crimen, el único crimen imperdonable. No tan enérgica, pero, no obstante, cualitativamente igual, sería la reacción contra el individuo que dijera: “No amo a mi país”, o, en el caso de guerra: “No me importa nada que gane mi país.” Esas palabras serían un verdadero sacrilegio, y el hombre que las pronunciara se convertiría en un monstruo, en un forajido, a los ojos de sus compatriotas. Para comprender la cualidad particular del sentimiento que esas cosas suscitan, podemos comparar esa reacción con la que tendría efecto si un individuo dijera: “Soy partidario de matar a todos los negros, o a todos los judíos; soy partidario de emprender una guerra para conquistar nuevos territorios.” Indudablemente, la mayor parte de la gente pensaría que era aquélla una opinión inmoral, inhumana; pero lo esencial es que no se produciría el especial sentimiento de una indignación profunda e indominable. Esa opinión es, desde luego, “mala”, pero no es un sacrilegio, no es un ataque a “lo sagrado”. Aun cuando un individuo hablara despectivamente de Dios, no despertaría el mismo sentimiento de indignación que se produce contra el crimen, contra el sacrilegio que es la violación de los símbolos del país. Es fácil racionalizar la reacción contra la violación de los símbolos nacionales diciendo que el individuo que no respeta a su país revela falta de solidaridad humana y de sentimiento social; pero, ¿no es eso igualmente cierto del individuo que defiende la guerra, o la matanza de gentes inocentes, o que explota a otros en su propio provecho? Indudablemente, la falta de interés por el país propio es una expresión de falta de responsabilidad social y de solidaridad humana, lo mismo que los otros actos que hemos mencionado; pero la reacción contra la violación de la bandera es fundamentalmente distinta de la reacción contra la carencia de responsabilidad social en todos los demás aspectos. Una de las cosas es “sagrada”, es un símbolo del culto del clan, y las otras no lo son. Como las grandes revoluciones europeas de los siglos XVII y XIX no consiguieron transformar “la libertad de” en “libertad para”, el nacionalismo y el culto del estado se convirtieron en síntomas de una regresión a la fijación incestuosa. Sólo cuando el hombre logre desarrollar su razón y su amor más que hasta ahora, sólo cuando pueda organizar un mundo a base de solidaridad humana y de justicia, sólo cuando pueda sentirse enraizado en un sentimiento de fraternidad universal, habrá encontrado una forma nueva y humana de arraigo, habrá transformado su mundo en una patria verdaderamente humana” (Fromm, E.: Psicoanlàlisis de la sociedad contemporànea, FCE, 1992 2da edición, pp. 55-56).