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ABLImaginemos el coraje que se necesitaba para enfrentar los atropellos inquisitoriales de la Iglesia: mientras se olía a carne quemada y se escuchaban los gritos de dolor de las torturas aplicadas a “herejes”, casi en el cuarto de al lado Voltaire (F. M. Arouet) escribía a favor de la tolerancia. Imaginen el odio que despertaba esta defensor del derecho y el respeto recíproco en todos los fanáticos religiosos que atropellaban con todo lo que tenían a su disposición para fabricar sumisos. Esto sucedía en pleno siglo xviii. Voltaire puso su noble granito de arena para frenar tanto desmán, por eso es que hasta hoy los fanáticos no le perdonan su valentía para, en soledad, hacer frente a tanto desatino.

Uno de las obras de Voltaire -sus obras completas ocupan cincuenta y cuatro tomos- se titula Tratado de la tolerancia, en el capítulo “Oración a Dios”, entre otras reflexiones se lee que -hay que prestar especial atención y situar el contexto temporal- “Ya no es por lo tanto a los hombres a los que me dirijo, es a ti, Dios de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos: si está permitido a unas débiles criaturas perdidas en la inmensidad e imperceptibles al resto del universo osar pedirte algo, a ti que lo has dado todo, a ti cuyos decretos son tan inmutables como eternos, dígnate mirar con piedad los errores inherentes a nuestra naturaleza; que esos errores no sean cau­santes de nuestras calamidades. Tú no nos has dado un corazón para que nos odiemos y manos para que nos degollemos haz que nos ayudemos mutuamente a soportar el fardo de una vida penosa y pasajera; que las pequeñas diferencias entre los vestidos que cubren nuestros débiles cuerpos, entre todos nuestros idiomas insuficientes, entre todas nuestras costumbres ridículas, entre todas nuestras leyes imperfectas, entre todas nuestras opiniones insensatas; que todos esos pequeños matices que distinguen a los átomos llamados hombres no sean señales de odio y persecución; que los que encienden cirios en pleno día para celebrarte soporten a los que se contentan con la luz de tu sol; que aquellos que cubren su traje con una tela blanca para decir que hay que amarte no detesten a los que dicen la misma cosa bajo una capa de lana negra”.

Tal vez Voltaire haya optado por el Deísmo -la religatio en cuanto a la creencia en Dios pero sin intermediarios en regiones oficiales- debido a las reiteradas y feroces matanzas entre miembros de religiones oficiales, muy especialmente la católica (por lo que Locke en sus Cartas de tolerancia sugiere excluir de su propuesta a los católicos y a los ateos debido a sus superlativas agresividades del momento).

Como consecuencia de la experiencia europea respecto a las constantes guerras religiosas, es que en la revolución norteamericana se plasmó lo que se denominó “la doctrina de la muralla” es decir la separación tajante entre religión y poder político precisamente debido a que las religiones habían utilizado a los gobiernos para arremeter contra otras creencias religiosas con el cuchillo en la mano.

Es posible que la mejor biografía de Voltaire sea la voluminosa de Alfred Noyes, un libro que en 1938 fue retirado de la circulación por sugerencia de la Suprema Congregación de la Santa Sede según relata el propio autor en su prólogo y, como también puntualiza Noyes, “Voltaire influyó con sus obras en el destino de las naciones de un modo más efectivo que ninguno de los estadistas que las gobernaron” puesto que fue “la figura central del período más agitadamente dramático de la historia europea”. Por eso es que historiadores como los Durant pudieron escribir el tomo de sus estudios titulado La edad de Voltaire donde aclara que la referencia de Voltaire a l´infáme en modo alguno se refiere a las religiones que a todas respetaba sino a las fechorías realizadas por representantes de esas religiones puesto que, además, “con demasiada frecuencia en la historia los sacerdotes han utilizado la religión para atontar al pueblo mientras los reyes le vaciaban los bolsillos”. Noyes muestra la distinción entre religión y abusos intolerables del clero. Por su parte, autores de la talla de Victor Hugo han proclamado que Voltaire fue “un verdadero genio”.

Se han tejido innumerables fábulas en torno a la figura de Voltaire atribuyéndole pensamientos que nunca expresó pero el hecho es que fue un gran partidario de la tolerancia y de la libertad simpatizante de las costumbres liberales del pueblo inglés con el que convivió tres años durante su exilio (véase su Cartas inglesas) y acérrimo enemigo de los estados totalitarios y de los abusos de los así llamados religiosos. Sin duda que en una persona que ha escrito tanto sobre tantos temas es natural que haya desacuerdos, por ejemplo, en mi caso, en varias entradas de su célebre diccionario (a veces contradictorias con sus propias posturas medulares), en general en su libro Siglo de Luis XIV y por su tendencia al racionalismo constructivista que aparece aquí y allá aunque no con la misma fuerza de la de sus colegas enciclopedistas. Hay quienes lo consideran un maestro de la literatura, entre muchos otros trabajos, por su Cándido o sus más cortas Historia del buen Bracmán o Micromegas y sus poemas, pero el hecho es que sobresale su eje central que consistió en su denodada lucha contra todo tipo de despotismos.

Cuando murió la Iglesia le negó sepultura aunque luego de varios trámites engorrosos su cuerpo fue aceptado en la abadía de Champagne pero más tarde fue enterrado por laicos con todos los honores en el Panteón. El espíritu volteriano perdura cada vez que se combaten los atropellos del Leviatán y sus socios religiosos y no religiosos.

En nuestro tiempo se achaca a los musulmanes de intolerantes pero tal cosa no es propia sino consecuencia de la alianza del poder con la religión del mismo modo que ocurría en tiempos de la antedicha Inquisición por la que Juan Pablo II pidió perdón junto a la judeofobia de la Iglesia y sus “guerras santas”, además de su formidable ecumenismo con musulmanes y judíos. Como apunté antes, durante los ocho siglos en que los musulmanes estuvieron en España mantuvieron gran tolerancia con los cristianos y judíos y efectuaron notables aportes a la filosofía, el derecho, la economía, la arquitectura, la música, la geometría, el álgebra y la gastronomía. Autores como Gary Becker y Guy Sorman consideran el Corán como el libro de los hombres de negocios por su respeto a la palabra empeñada y la propiedad. Asimismo, en un mundo de mil cuatrocientos millones de musulmanes los hay que muestran preocupación por la intolerancia que ocurre donde opera la referida alianza nefasta y sostienen que se ha tergiversado la expresión jihad que es la guerra interior contra el pecado y que el Corán considera al que mata a una persona como si hubiera matado a la humanidad (5:31). En fin, al utilizar la expresión terrorismo-musulmán se le está haciendo el juego a los fanáticos que apuntan a una nueva guerra religiosa con toda la furia que conlleva semejante cuadro bélico, en lugar de catalogarlos como criminales sin ningún aditamento.

El 30 de agosto de 1755 Voltaire le escribe desde París a Rousseau comentando su libro Sobre la desigualdad de condiciones (recordemos que Rousseau es uno de los artífices de la degradación de la democracia a través de su idea de la “voluntad general” en El contrato social y, asimismo, arremetió contra la institución de la propiedad privada en Discurso sobre el origen y el fundamento de la desigualdad humana). En esa misiva Voltaire acusa recibo y en su característico lenguaje irónico, incisivo y fulminante en la que consigna: “He recibido, señor, vuestro libro contra el género humano: os lo agradezco […] Jamás se empleó tanto ingenio en querer hacernos bestias; ganas dan de marchar en cuatro patas cuando se lee vuestra obra. Sin embargo, como hace más de setenta años que perdí esa costumbre, siento infortunadamente que me es imposible retomarla” y hacía el final de esta carta vuelve sobre uno de los temas que más lo preocuparon y ocuparon al insistir en que “necesario es amar y servir al Ser Supremo, a pesar de la superticiones y el fanatismo que tan a menudo deshonran su culto”.

A pesar de su conocido aforismo de su autoría sobre la libertad de expresión en cuanto a que “no comparto lo que dices pero estoy dispuesto a morir para que puedas decirlo”, al asumir la regencia el Duque de Orleáns (debido a la muerte de Luis xiv ya que su hijo a la sazón tenía cinco años), Voltaire le dedicó una sátira a aquél por la que lo enviaron por una año a la cárcel (Bastilla). Este autor francés -o más bien ciudadano del mundo como dirían los estoicos- siempre se mofó del miedo de los gobernantes a la libertad de prensa, un principio que consideraba esencial en toda sociedad libre.

Voltaire murió más de una década antes de que se desatara la Revolución Francesa pero en base a sus escritos puede conjeturarse que hubiera suscripto la declaración de derechos y las primeras decisiones de muchos de los que se ubicaron a la izquierda del estrado en la Asamblea como señal de repudio al status quo y hubiera condenado enfáticamente la contrarrevolución de los Robespierre.

Curiosamente en informes de organismos de crédito internacional han sostenido que una muestra de tolerancia con otras culturas consiste en forzar los contribuyentes de “países desarrollados” a entregar recursos a los “en vías de desarrollo” (dicho sea al pasar, “en vías” de modo vitalicio). Además del despropósito de la afirmación de marras, autores de la talla de Peter Bauer han mostrado lo inconducente y perjudicial de esas entregas y, ahora, el flamante premio Nobel en economía de este 2015, Angus Deaton, insiste en la inconveniencia de tales transferencias.

En una de sus entrevistas televisivas (Face to Face), Bertrand Russell afirmó a los 87 años de edad que si tuviera que dejar una enseñanza clave a las próximas generaciones sería que la tolerancia constituye el valor central para poder convivir y no destruirnos mutuamente, lo cual se traduce en aceptar otros modos de ser y decir que no son los nuestros.