WhiteA fines de los años 90, mientras el Banco Central de Ecuador expandía rápidamente la cantidad de su moneda circulante, el sucre, los precios denominados en sucres se dispararon y dieron paso a una hiperinflación. De manera espontánea, los ecuatorianos adoptaron el dólar estadounidense como un vehículo de ahorros mucho más seguro, como una unidad de precios menos caótica y como un medio de intercambio mucho más confiable. La demanda de sucres prácticamente desapareció. Con el colapso del sucre, el gobierno de Ecuador finalmente aceptó el veredicto del mercado y oficializó la dolarización en enero del 2000 (he escrito anteriormente sobre estos eventos aquí).

La dolarización ha sido un éxito. El sistema monetario y bancario ecuatoriano ha sido mucho más estable y confiable (los depósitos bancarios reales crecieron considerablemente) desde la dolarización, y la economía ha disfrutado de un mejor crecientito pese a estar dirigida por un partido político que habla y actúa en términos anti-mercado. Gracias a este éxito, la dolarización en muy popular. Incluso el presidente Rafael Correa, quien se ha quejado de que la dolarización es una “camisa de fuerza” porque impide un manejo experto de la política monetaria (su principal virtud) promete no reversarla.

Este contexto sirve al momento de considerar un artículo recientemente publicado en el Wall Street Journal, titulado “Petróleo barato y dólar fuerte: los problemas gemelos de Ecuador” (en inglés) y escrito por Carolyn Cui y Manuela Badawy. Como muchos otros escritores, Cui y Badawy sugieren que la dolarización está perjudicando a Ecuador, que el país “tiene la mala fortuna de ser un productor de petróleo con una economía ‘dolarizada’ que utiliza el dólar estadounidense como moneda de curso legal”. Uno se pregunta, ¿con qué están comparando esta mala suerte? Tener recursos petroleros es mejor que no tenerlos (si es que la riqueza no es completamente despilfarrada en batallas para controlarla). Además, estar dolarizado ha sido claramente beneficioso para Ecuador, especialmente considerando la anterior política monetaria sin ancla.

Cui y Badawy reconocen que “la dolarización ayudó a los funcionarios del gobierno a controlar la inflación en el 2000”. Pero esta es una manera extraña de contarlo. La dolarización no es una política que los expertos locales pueden manipular como una herramienta, de manera que es extraño afirmar que “ayudó a los funcionarios del gobierno” a reducir la inflación. La dolarización por si misma ha controlado la inflación. Los funcionarios del gobierno sencillamente se apartaron del camino. En virtud de la dolarización, los bienes intercambiados atan el nivel de precio de Ecuador al nivel de precio de EE.UU., de manera poco flexible, del mismo modo que los niveles de precio de California están atados a los niveles generales de precio de EE.UU. La tasas de inflación no pueden variar significativamente. No es necesaria una administración local.

Cui y Badawy agregan explicando la supuesta desventaja: “Ahora, [la dolarización] está privándolos de la válvula de escape que una moneda local depreciada puede proveer en momentos en que la caída en los precios de los petróleos está perjudicando sus exportaciones”. Nótese que esta es exactamente el mismo razonamiento del presidente Rafael Correa, quien hace una año exactamente dijo que “La dolarización fue una mala decisión” y que “Ahora mismo, está haciendo exactamente lo opuesto de lo que debería hacer en un escenario de precios del petróleo en caída”.

¿Cómo es que la depreciación de la moneda proveería una “válvula de escape” en un periodo de declive de los ingresos generados por las exportaciones petroleras? El alivio no puede venir de cambiar los precios mundiales de las otras principales exportaciones de Ecuador. De la misma manera que el precio del petróleo es determinado de manera flexible y competitiva en los mercados mundiales, son determinados los precios de las flores silvestres, las frutas frescas y los productos del mar. Las flores cosechadas en un país con moneda débil no tienen ventajas en su precio sobre aquellas que son cosechadas en un país con moneda fuerte. El argumento coherente a favor de una “depreciación competitiva” es más bien que, considerada en términos de dólares, esta reduce los salarios y otros pagos de insumos que tienen un precio determinado en moneda local. Tales reducciones en los precios de insumos, sostiene el argumento, son adecuadas considerando la reducción en la demanda de trabajo y otros insumos, que se deriva de la caída de los ingresos petroleros (u otro shock negativo de productividad similar). La depreciación hace estas reducciones más rápido (en un mundo de salarios y precios “pegajosos”) de lo que se lograrían esperando a que el desempleo fuerce reducciones en los salarios nominales y otros precios de insumos. Las empresas de exportaciones no petroleras pueden aprovecharse de márgenes mas amplios para expandir su producción y sus ventas.

Para propósitos de continuar la argumentación, supongamos que una rápida reducción de los salarios en términos de dólares por un determinado porcentaje es de hecho requerida en este caso y que una depreciación oportuna y bien medida de la moneda local puede lograr esto. ¿Es este un costo de la dolarización? Sí. Sin embargo, es un error pensar que el país estaría mejor con un régimen en el que la moneda a veces se deprecia frente al dólar. La depreciación no es una medida que puede ser considerada aisladamente. Esta solo es posible en otro régimen monetario. Necesitamos comparar los costos y los beneficios totales de regímenes alternativos. O, en términos estadísticos: un régimen que comete algunos errores de tipo I podría ser todavía mucho mejor que un régimen que comete errores de tipo II con costos masivos.

Existen dos alternativas al régimen de la dolarización que deben ser consideradas: un tipo de cambio ajustable frente al dólar y un régimen de flotación libre del tipo de cambio. El primer problema con un tipo de cambio ajustable es que ningún experto sabe en tiempo real exactamente en qué grado los salarios y otros costos deben ser reducidos en términos de dólares reales, por lo cual, el banco central no puede saber exactamente por cuánto devaluar la moneda frente al dólar. Puede errar fácilmente en la dirección de devaluar más de la cuenta. El segundo y mayor problema es que un régimen de tipo de cambio ajustable sencillamente no es viable en un mundo con libre circulación de capitales. Cuando el mercado comienza a sospechar que una devaluación se acerca, los especuladores atacan la moneda, drenando las reservas del banco central, forzando así una devaluación que es probablemente mayor de la que era deseada en teoría.

Un tipo de cambio en flotación libre evita el problema de los ataques especulativos. Y el mercado, en lugar del banco central local, ajusta la tasa de cambio. Pero la flotación tiene su propio problema fundamental: remueve la restricción que la dolarización provee contra el problema crónico de la excesiva creación de dinero por parte del banco central. El “miedo a la flotación”, históricamente exhibido en países de Latinoamérica, está justificado: las flotaciones hacen que la tasa de inflación y el tipo de cambio sean impredecibles, perjudicando así a los mercados de capitales domésticos y al financiamiento de inversiones productivas. Un alto riesgo de devaluación implica retornos reales altamente riesgosos por sobre la inversión en obligaciones a largo plazo que estén denominadas en moneda local (por ejemplo, pesos). El mercado de bonos de pesos y de hipotecas a largo plazo se evapora. Los inversores extranjeros con dólares son similarmente desalentados de traerlos a una economía de pesos con riesgo de devaluación. El crecimiento económico sufre.

La alternativa relevante frente a la dolarización no es un régimen imaginario en el que depreciaciones precisamente calibradas del tipo de cambio de la moneda local son administradas por expertos justo cuando es necesario ajustar los salarios, una mejora por sobre la dolarización sin incurrir en costos. Darle a un banco central como el de Ecuador la discreción de emitir su propia moneda es deshacerse del ancla en el dólar que actualmente mantiene en su lugar las expectativas de inflación del público y estabiliza el sistema. No hay forma de que el banco central se comprometa creíblemente antes de los hechos a utilizar la depreciación únicamente para correcciones en los salarios reales. El reemplazo del dólar por un nuevo sucre que puede ser depreciado por el banco central inmediatamente sería recibido con la justa sospecha de que, como sucedió con el viejo sucre, el nuevo sucre será imprimido y depreciado en abundancia. Pocos se cambiarían voluntariamente de dólares al nuevo sucre. La conversión forzada de la moneda y de los depósitos sería necesaria para que la nueva moneda entrara en circulación, difícilmente una señal de que el nuevo régimen mejoraría el bienestar del consumidor. Las expectativas de inflación nuevamente estarían a la deriva y ciertamente el público temería con razón el retorno a una inflación muy alta. Los ataques especulativos muy probablemente llevarían la depreciación mucho mas allá de aquella deseada por los expertos. El caos del tipo de cambio volvería.

La lección aquí es que el tipo de cambio de Ecuador frente al dólar no puede volver a un tipo de cambio ajustable mientras se mantienen los beneficios de la dolarización. Volver a un tipo de cambio ajustable implica un cambio fundamental en el régimen monetario, cambio que la historia y la teoría nos dicen que sería un terrible giro hacia lo peor. La sugerencia de que la dolarización está perjudicando a Ecuador está basada en una muy miope apreciación de sus costos y beneficios.

Este artículo fue publicado originalmente en el blog Alt-M (EE.UU.) el 2 de diciembre de 2015.