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ABLEn lugar de seguir con los archiconocidos y reiterados forcejeos entre gobernadores de provincias y el ejecutivo nacional, debería apuntarse a un federalismo institucionalizado y eliminar de una buena vez el caudillaje implícito en el centralismo desde tiempos inmemoriales.

Para lograr un genuino federalismo debieran prorratearse todos los gastos a las provincias excepto los vinculados a relaciones exteriores y defensa, junto a la capacidad tributaria. A partir de ese momento cada gobierno provincial estará incentivado a recortar el gasto a los efectos de poder reducir la presión impositiva para que, por una parte, la gente no se mude a una provincia más respetuosa con el fruto de su trabajo y, por otra, para atraer inversiones.

Este proceso de competencia fiscal constituye un eje central del federalismo tal como lo han señalado los Padres Fundadores en el siglo XVIII en Estados Unidos de donde copiaron las naciones libres el esquema federal (hoy lamentablemente en gran medida abandonado en ese país que se ha dejado arrastrar por las fuerzas centrípetas a favor del gobierno nacional).

Originalmente los denominados antifederalistas estadounidenses, quienes paradójicamente eran en esa época más federalistas que sus oponentes circunstanciales, han subrayado la herramienta potente que significa la defensa de las libertades individuales a través de la descentralización del poder político y, en este caso, no solo en materia fiscal sino en temas legislativos / administrativos en general.

Gottfried Dietze en su obra sobre el federalismo considera que la descentralización tributaria y su contrapartida del gasto público constituyen la quintaesencia del sistema republicano y un camino eficiente en la gestión.

En realidad el único sentido de la división del globo terráqueo en naciones y las respectivas fronteras es para evitar los abusos de un gobierno universal. No es para la sandez de vivir con lo nuestro como los trogloditas, sino para preservar el derecho de las personas, lo cual se acentúa en la medida en que dentro de cada nación, el poder, a su vez, se fracciona en provincias y éstas a su vez en municipalidades.

Por otra parte, el concepto de coparticipación argentina está mal parida desde hace mucho tiempo. Son las provincias las que debieran coparticipar al gobierno nacional y no al revés. Son las provincias las que constituyen la nación y no es que el gobierno central da lugar a las estructuras provinciales.

En este contexto de buscar incentivos fuertes para aplacar los atropellos del Leviatán, es pertinente destacar lo impropio que significa aludir al Estado ausente cuando la herencia recibida consiste en un aparato estatal presente hasta en los vericuetos más íntimos en las vidas y haciendas de las personas que deben entregar forzosamente el fruto de sus trabajos desde enero a agosto de cada año para financiar la voracidad fiscal. En todo caso está ausente de su misión específica de garantizar la libertad de cada cual y está muy presente en muchas actividades dignas de la mafia.

Publicado originalmente en la edición impresa de El Cronista, el 2 de febrero de 2016.