• ComentarioAnexo a, v, del punto 88 de mi Comentario a la Suma Contra Gentiles.
  1.    Los primeros principios de la ley natural

Analicemos esto punto por punto.

  1. “…Como ya dijimos (q.91 a.3), los principios de la ley natural son en el orden práctico lo que los primeros principios de la demostración en el orden especulativo, pues unos y otros son evidentes por sí mismos”. Ello implica, en Santo Tomás, que hay “primeros principios del intelecto especulativo” y “primeros principios del intelecto práctico”, en ambos casos evidentes. Cómo es esto posible lo veremos ahora, especialmente a la luz de las aclaraciones hechas arriba, en los anexos posteriores al capítulo 91 del libro I. (Verlo).
  2. Vayamos un poco más abajo: “… Ahora bien, entre las cosas que son conocidas de todos hay un cierto orden. Porque lo primero que alcanza nuestra aprehensión es el ente, cuya noción va incluida en todo lo que el hombre aprehende. Por eso, el primer principio indemostrable es que ‘no se puede afirmar y negar a la vez una misma cosa’, principio que se funda en las nociones de ente y no-ente y sobre el cual se asientan todos los demás principios, según se dice en IV Metaphys”. Esta expresión que usa Santo Tomás … Nam illud quod primo cadit in apprehensione, est ens —“aquello que primero cae en el intelecto es el ente”— ha hecho brotar ríos de tinta. Recordemos que, para nosotros, lo que capta la inteligencia es el acto de ser, que es propiamente verbo (“es”, “tiene acto de ser”) más que concepto. Ahora bien: dado que, como vimos en los anexos, lo más evidente es la persona, el otro en tanto otro —porque su ser nos “demanda existencialmente”—, lo primero conocido y evidente es la intersubjetividad, y es ahí donde el intelecto humano capta concomitantemente la no contradicción ontológica: “si el otro me habla, entonces el otro me habla”; “si el otro me ama, entonces el otro me ama”; y así sucesivamente. Esta es nuestra interpretación hoy de “… por eso, el primer principio indemostrable es que ‘no se puede afirmar y negar a la vez una misma cosa’, principio que se funda en las nociones de ente y no-ente y sobre el cual se asientan todos los demás principios, según se dice en IV Metaphys”.
  3. A partir de ahí, puede entenderse que Santo Tomás quiera —en vista a su argumentación posterior— establecer una jerarquía de evidencias: algunas serán las que hoy llamamos las de nuestro mundo de la vida, aquello primero que habitamos, atravesadas, sí, analógicamente por lo histórico del mundo de la vida, pero marcadas por la no contradicción ontológica de la relación con el otro. En ellas se basa el conocimiento que podamos tener de la ley natural, aunque borroso, pues si se basara en las evidencias que son tales para los “doctos” —como por ejemplo, “el diálogo presupone el respeto”— entonces la ley natural no podría ser conocida “por todos”. Por ello afirma Santo Tomás: “… Ahora bien, esta evidencia puede entenderse en dos sentidos: en absoluto y en relación con nosotros. De manera absoluta es evidente por sí misma cualquier proposición cuyo predicado pertenece a la esencia del sujeto; pero tal proposición puede no ser evidente para alguno, porque ignora la definición de su sujeto. Así, por ejemplo, la enunciación ‘el hombre es racional’ es evidente por naturaleza, porque el que dice hombre dice racional; sin embargo, no es evidente para quien desconoce lo que es el hombre. De aquí que, según expone Boecio en su obraDe hebdomad., hay axiomas o proposiciones que son evidentes por sí mismas para todos; y tales son aquellas cuyos términos son de todos conocidos, como ‘el todo es mayor que la parte’ o ‘dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí’. Y hay proposiciones que son evidentes por sí mismas solo para los sabios, que entienden la significación de sus términos. Por ejemplo, para el que sabe que el ángel no es corpóreo y entiende lo que esto significa resulta evidente que el ángel no esta circunscrito a un lugar; mas no es así para el indocto, que desconoce el sentido estricto de estos términos”.
  4. Volvamos a los “primeros principios”. Como vemos, en el orden especulativo hay uno, la captación de la no-contradicción ontológica, que resulta evidente en la intersubjetividad. Pero también está el intelecto práctico que “ve en el obrar”, dado que todo agente obra por un fin, que es un bien para el agente; y dado que todo ser humano obra por un bien conocido como tal por su intelecto, resulta que el primer principio del intelecto práctico será “haz el bien y evita el mal”, en el sentido de “busca el bien y evita lo que es malo”, aunque, como vimos, puede haber error o malicia —que no es lo mismo— en la concreción de la acción. O sea: aunque históricamente dada, hay siempre en la vida humana una situación en la que captamos al otro en tanto otro y no solamente como un mero instrumento a nuestro servicio. La misericordia, la compasión, el estar atento al “rostro sufriente del otro” (Levinas) es la oportunidad existencial para que el primer principio del intelecto práctico en el tema moral (sindéresis) se manifieste. La parábola del buen samaritano es, independientemente de nuestras diferencias culturales, la expresióin universal de lo que nos hace moralmente humanos. Como dijimos una vez: “… Una persona no puede estar constitutivamente cerrada a su dimensión dialógica, aunque no actualice en su acción moral esta dimensión. En un experimento imaginario, en el que una araña fuera dotada de inteligencia y voluntad, ella sería capaz, obviamente, de tomar conciencia de sí y de razonar instrumentalmente sus planes de dominio del otro, con la tela, de otro que es siempre su víctima; pero su inteligencia la haría concebir también la posibilidad de ayuda: podría concebir, aunque no lo llevara a la acción, la diferencia entre dominar con la tela o ayudar y perdonar; distinguir en el otro la relación ya de víctima, ya de amigo. En ese sentido, la persona, por su inteligencia y voluntad, no puede carecer de esa dimensión dialogal. Solo por ser persona, una persona puede querer libremente el bien del otro. Una araña inteligente y libre destinada necesariamente al dominio de su víctima es una contradicción en términos”[1]. A partir de aquí es fácil entender lo que sigue en el texto de Santo Tomás: “… De ahí que el primer principio de la razón práctica es el que se funda sobre la noción de bien, y se formula así: ‘el bien es lo que todos apetecen’. En consecuencia, el primer precepto de la ley es este: ‘El bien ha de hacerse y buscarse; el mal ha de evitarse’. Y sobre este se fundan todos los demás preceptos de la ley natural, de suerte que cuanto se ha de hacer o evitar caerá bajo los preceptos de esta ley en la medida que la razón práctica lo capte naturalmente como bien humano”. Lo tantas veces afirmado, en el sentido de que es imposible conocer la ley natural, no parece ser compatible con las experiencias humanas intersubjetivas más profundas.

[1] En “Hacia un liberalismo clásico como la defensa de la intimidad personal”, en Doxa Comunicación (2006), 4. Pp. 233-253.