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La teoría de los precios se encuentra en el corazón del razonamiento de los economistas. Es una teoría fundamental porque se aplica a distintos mercados para comprender la lógica de su funcionamiento, desde  el mercado de bienes y servicios hasta el mercado laboral, desde el mercado de dinero hasta el mercado de créditos, y desde el mercado cambiario hasta mercados menos usuales como los órganos, la discriminación, la familia o las drogas (ver al respecto los aportes de Gary Becker). El desconocimiento de esta teoría microeconómica por parte de gran parte de la población, lleva a que muchas veces se razone de forma inadecuada en cuestiones esenciales de la economía de cualquier país.

Veamos si podemos presentar la teoría sintéticamente. Tomemos como ejemplo el mercado de la carne y supongamos para facilitar el análisis que sólo hay un tipo de carne en el mercado, es decir que es un bien homogéneo. Supongamos que en Argentina la gente paga por un kilo de carne algo cercano a $ 50. Si alguna carnicería quisiera cobrar por un kilo de carne $ 1000, difícilmente pueda colocar algo de sus existencias. Los $ 1000 no son un precio de mercado, sino el precio esperado por este vendedor. Cuando el vendedor vea que nadie compra el producto que ofrece, seguramente comprenderá que está sobrevaluado, y tenderá a reducir el precio. Supongamos que lo baja a $ 100. Si bien es el doble de lo que en promedio se paga por este producto, ahora el precio está más cerca del precio de equilibrio. Quizás el vendedor empieza a colocar en el mercado parte de su oferta, pero esto obedece a la existencia de personas “distraídas” que no se toman el trabajo de informarse respecto de lo que es usual pagar en el mercado por este producto, o bien porque el costo de oportunidad del tiempo de informarse es mayor que la diferencia que terminan pagando por este producto.

Lo cierto es que esta persona podrá vender algún kilo de carne a $ 100, pero difícilmente logre colocar muchas existencias. El proceso competitivo lleva generalmente a las carnicerías a fijar sus precios en un valor cercano a la media que opera en ese mercado. Finalmente, el dueño de la carnicería quizás tome la decisión de bajar el precio a algo cercano a $ 50 para ser competitivo en este mercado, y no ser vencido por la competencia.

La teoría de los precios también enseña, que si esta carnicería bajara el precio demasiado, digamos a $ 30 el kilo, rápidamente los consumidores se llevarían todas las existencias, y entonces comprendería rápidamente que ahora está subvaluando el precio.

Quitando ahora el supuesto inicial en la homogenidad de la calidad de la carne, lo cierto es que en el mundo real las diferencias en el precio de la carne pueden deberse a muchos factores, desde la localización de la carnicería hasta la calidad del producto.

En una economía con alta inflación, en Argentina del 20 al 45 % en los últimos años, la dispersión de precios suele ser un problema. Y lo es porque recurrentemente las carnicerías tienen que remarcar los precios para adecuarse a la evolución de los costos.

El problema es aun mayor si no hay buena información respecto del nivel de inflación mensual existente. Algunas carnicerías ajustan los precios semanalmente, otras quincenalmente, otras mensualmente y otras hasta bimestralmente.

Decimos que “ajustan” los precios, y no que los incrementan, porque lo cierto es que tratan –en general- de acompañar la inflación existente.

Esto nos lleva a la distinción que hacen los economistas entre variables nominales y reales. Para seguir con el mismo ejemplo, si la inflación de 2016 respecto de 2015 fue del 40 %, y una empresa facturó un 40 % más en el mismo periodo, entonces se dice que ha facturado lo mismo en términos reales que el año anterior. Si ha facturado 20 % más, quiere decir que ha facturado menos. Y si ha facturado un 50 % más, entonces su negocio está mejorando.

Nótese los errores empresariales que provoca muchas veces la inflación, cuando sus gestores no descuentan adecuadamente la inflación. Negocios que ven que han facturado un 30 % más que el año anterior, sienten que su negocio se agranda, y hasta se animan a tomar más personal, cuando en realidad, su negocio se está achicando, porque la facturación real de 2016 sería menor que la que tuvieron en 2015.

Lo cierto es que los ajustes se dan en distintas magnitudes, y además en distintos momentos, lo que conduce a una enorme dispersión de precios que hace difícil al consumidor saber dónde comprar. La gente conduce su enojo contra los comerciantes, pero no toman consciencia de que el problema es anterior, por la propia existencia de la inflación. (Para entender la causa madre de la inflación sugiero vean este video).

A todo esto hay que agregar el tema de los pagos con tarjeta de crédito. El gobierno anterior ofreció el programa “Ahora 12” con la posibilidad de que los consumidores compren sus productos financiados en 12 cuotas y con cero interés.

A todos los economistas este programa nos llamó la atención, no sólo porque el financiamiento tiene un costo, sino además porque existe un alto nivel de inflación. Lo cierto es que muchos negocios aceptaron vender sus productos en estas condiciones, para lo cual tuvieron que cargarle al precio de contado el costo del financiamiento, y considerando también el nivel de inflación. Lo cierto es que -en muchos casos- los precios de contado desaparecieron.

Otra rareza que tuvo la Argentina en estos últimos años es que en muchos casos los productos eran más baratos con pagos financiados, que comprando en efectivo.

La lógica que personalmente le encontré a este proceder en Argentina es que los mismos bancos compiten por atraer clientes, y en muchos casos lo logran acordando descuentos con empresas. Es común en Argentina que un producto tenga un precio de contado superior al financiado, porque el banco acordó con la empresa el reintegro de parte de la compra si se paga con cierta tarjeta de crédito. Las bajas son del 15, 20, 30 y hasta el 50 % respecto del precio de contado, con el objetivo claro de atraer clientes que abran sus cuentas, y cobren sus salarios en ciertos bancos. Cuanto más agresivas se pusieron estas políticas, más baratos los pagos para los clientes.

En Argentina mucha gente que siempre evitó pagar financiado, comprendió la ventaja de operar con tarjetas de crédito a un pago, simplemente para aprovechar todos estos descuentos.

Nótese entonces que en Argentina se dio un mix de cuestiones o rarezas que están ausentes en todos los países vecinos. Desde un nivel elevado de inflación que conduce a precios dispares hasta un programa estatal para pagar financiado (Ahora 12) y también enormes descuentos con pagos con tarjeta de crédito que surgen por la competencia bancaria.

El sistema actual es sumamente ineficiente, porque hace que el consumidor deba destinar mucho tiempo a informarse respecto de todo esto si desea pagar los productos que compra a precios con descuento.

El gobierno de Macri inicia una solución del problema en la medida que ataca el problema madre que es el alto nivel de inflación. Para ello el Banco Central ha adoptado una política monetaria más restringida, que seguramente reducirá la inflación desde el 41 % a algo cercano al 20 % en 2017. Todavía queda margen para seguir avanzando, pero las metas inflacionarias nos hacen pensar que en 2019 Argentina tendrá normalizado este problema. La dispersión de precios continuará, pero debería tender a reducirse a medida que baje la inflación.

Por otro lado, se ha impulsado una medida para obligar a los comercios a que expongan los precios de contado y financiados a los ojos de los consumidores. La medida es polémica, porque lleva a blanquear que en todo este tiempo los precios de contado habían desaparecido. Algunos comercios optaron por bajar un 1 ó 2 % los precios, como para desanimar a los consumidores a pagar ese precio, y más bien continuar pagando los precios financiados. Y es que esas diferencias de precio no justifican pagar al contado, y menos aun mientras persista un alto nivel de inflación.

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