Lo primero nos parece señalar que en el contexto de el tema que ahora trataremos es que la moral alude a valores y principios que permiten la convivencia y la cooperación social. Primero se sustentó en intuiciones morales mucho antes de hacerse explícitas las normas de conducta moral y en medio de una bruma y ciertas contradicciones aunque en muchos casos resultaba claro que no conducía a la armonía el asesinato, el robo y el incumplimiento de la palabra empeñada. Luego, en no pocos casos esas intuiciones se endosaban a la voluntad de los dioses frente a lo cual había quienes se revelaban por considerar esas disposiciones arbitrarias y sin fundamento, hasta que finalmente se percibió que esos valores y principios no surgían de caprichos sino que eran el resultado de un largo proceso evolutivo de descubrimiento como lo era, por ejemplo, el derecho, en ambos casos derivados del orden natural, de propiedades y características que no aparecen como consecuencia de la ingeniería social y el diseño sino de procesos y nexos causales anteriores a la voluntad del hombre. Sin duda que los gobernantes megalómanos continúan con la manía de imponer sus voluntades sobre las cosas, con los resultados por todos vistos.

Dicho esto es menester aclarar que la moral tiene dos vertientes: una se refiere a las relaciones interpersonales que son las relevantes en materia social y que se concretan en el respeto irrestricto a los proyectos de otros y la otra se refiere a las relaciones intrapersonales que aluden al fuero interno de cada cual al efecto de maximizar las potencialidades pero que en esta nota vamos a dejar de lado porque no hace al tema que pretendemos analizar.

Desde muy chicos escuchamos hablar de lo que está bien y lo que está mal. El relativismo epistemológico es contradictorio puesto que el relativismo convierte en relativo a esa postura y, por otro lado, quien manifiesta que no hay tal cosa como lo bueno y lo malo se molesta cuando lo violan, golpean o asaltan.

Vamos ahora de lleno al asunto que nos ocupa. Hay dos maneras de proceder de modo para que se cumplan: una es abstenerse de hacer el mal y otra es hacer el bien. Podemos decir que ésta última es jerárquicamente superior y es la que calza, entre muchas otras conductas, en la del empresario. Pensemos en que todo lo que existe en el mundo de los bienes y servicios proviene de la función empresarial: la ropa, los medicamentos, los alimentos, las comunicaciones, los libros, el teatro, las presentaciones musicales, los procedimientos agrícola-ganaderos, la luz, el agua etcétera, etcétera. El empresario que da en la tecla respecto a lo  que demanda la gente obtiene ganancias y el que yerra incurre en quebrantos. Este es el proceso que permite hacer el bien a la gente en todo cuanto reclama, aunque el fin sea mejorar el propio patrimonio.

Es cierto que hay una forma aun más valiosa desde el punto de vista de la bondad y es de quienes, también en su interés personal, hacen el bien sin esperar recompensa monetaria y es los que proceden a realizar actos caritativos sean monetariamente, a través del apostolado (por aquello de que “es mejor enseñar a pescar que regalar un pescado”) o llevando a cabo faenas personales en pos de la ayuda al necesitado. Es por cierto muy encomiable y necesaria la caridad pero tengamos muy en cuenta que no puede vivir una comunidad a puro rigor de beneficencia puesto que se derrumbaría la sociedad toda.

En otros términos, el rol del empresario (sea o no consciente de ello) es de una categoría moral que debe ser muy apreciada y agradecida (de allí es que en cada transacción comercial ambas partes se agradecen, una que presta el servicio y la otra que lo recibe). Por supuesto que queda excluido el empresario que no opera en el mercado sino que lo hace en base al privilegio que otorga el aparato estatal con lo que de hecho se está robando con el apoyo de la legislación del momento.

En este contexto, es pertinente detenerse a considerar casos extremos, denominados en ciencias sociales “life boats situations” sobre lo cual nos hemos pronunciado en otra oportunidad pero es del caso reiterar parcialmente el punto puesto que ilustra la necesaria comprensión del proceso que abastece las necesidades, especialmente en casos extremos.

Afinemos el lápiz para explicar el asunto de las situaciones consideradas límite, se trata de situaciones aparentemente excepcionales por las que se sostiene equivocadamente que habría que proceder conforme a reglas diferentes a las habituales.

Por ejemplo, después de un terremoto de envergadura gente que se queda sin lugar para vivir reclama que el aparato estatal controle los precios de los alquileres o de la compra de casas que han subido más o menos astronómicamente debido al sismo de marras. Se dice que esta es una situación fuera de lo normal y que, por tanto, debieran imponerse medidas también de carácter excepcional.

Pues bien, si se procede en esa dirección ocurrirá que la demanda habitacional excederá la oferta debido a la destrucción del caso y, en segundo lugar, al colocarse los precios a niveles artificialmente bajos, la inversión será atraída hacia otros reglones cuando precisamente se necesitan estímulos para la construcción de viviendas.

Con mi familia vivimos un terremoto de grandes proporciones en Guatemala (7.8 en la escala Richter), caso en que la destrucción de viviendas fue devastadora. Hubieron más de veinte mil muertos que, de más está decir, lamentablemente nada pudo hacerse al respecto. Afortunadamente, a pesar de insistentes consejos en otras direcciones, no se intervino en el mercado de viviendas con lo que la reconstrucción fue relativamente rápida. Sin embargo, unos años antes, en Nicaragua, tuvo lugar también un sismo de proporciones, pero en ese caso el gobierno decidió dejar el mercado abierto para habitaciones de lujo e intervenir en las más modestas (“para proteger a los pobres”). Esta política entonces hizo que la reparación fuera bastante veloz en el mercado de viviendas de alto precio, mientras que no sucedió lo mismo con las humildes, franja en la que la construcción se estancó junto a las mencionadas escaseces crecientes.

Es que el precio siempre limpia oferta y demanda, si había mil viviendas antes del terremoto para mil familias y después del accidente geológico quedaron en pie cien, indefectiblemente habrán novecientas familias en la intemperie. Frente a esta emergencia hay dos caminos para transitar: controlar precios con lo que irrumpirá el espejismo de la habitación barata, pero en la práctica, solo cien familias entran en cien casas y el resto se quedará con la ilusión. Pero lo realmente trascendente es que los precios achatados artificialmente no inducirán a la construcción para proceder en consecuencia con lo que el drama se prolonga.

En cambio, si se dejan libres los precios éstos subirán sideralmente lo cual resulta indispensable para acelerar al máximo la construcción. En cualquier caso debe tenerse muy presente que solo habrá cien viviendas  inmediatamente después de la catástrofe, cualquiera sea la política que se adopte pero, como queda expresado, en un caso se perpetúa y agrava el problema y en el otro se soluciona lo mejor posible dadas las circunstancias imperantes y al incrementarse la oferta los precios se contraen.

Y aquí viene un punto central en este análisis, las situaciones consideradas límite resulta que en último análisis no son tan límite. Por ejemplo, sabemos que hoy hay muchas personas en el continente africano que deben resignarse a la muerte de sus hijos porque no cuentan con los recursos suficientes para adquirir antibióticos. ¿Cuál es la solución? Si “por esta única vez” se implantan precios máximos a los productos farmacéuticos, sucederá lo que señalamos para la construcción: habrán filas de personas que pretenden comprar el medicamento pero éste no se encontrará disponible para la demanda inflada debido a precios artificialmente reducidos y, tal como apuntamos antes, lo más relevante es que las inversiones serán atraídas a otros reglones con lo que en verdad se estará matando a más gente y extendiendo la situación límite a otros sectores.

Se repite en diversos foros que lo importante es tener en cuenta los intereses de la sociedad y que no prevalezcan los intereses personales del individuo, de lo contrario, se sigue diciendo, se abren las compuertas para situaciones límite que en definitiva perjudican a todos.

Este razonamiento adolece de varios defectos de cierta magnitud. En una sociedad abierta no hay tal cosa como conflicto de intereses entre el conjunto y las partes puesto que la ventaja para el conjunto precisamente estriba en las ventajas de cada una de las partes. En otros términos, está en interés de la sociedad que sus componentes mejoren (es una forma de ilustrar la idea ya que, en rigor, no existen “los intereses de la sociedad” a menos que caigamos en un horrible antropomorfismo puesto que la sociedad no existe fuera de los individuos que la componen, lo cual nada tiene que ver con que la cooperación social genera nuevas posibilidades y perspectivas, siempre se trata de relaciones interindividuales).

Por último, para consignar solo un ejemplo más, se mantiene que otra situación límite en la que deben dejarse de lado los principios económicos sería cuando en un lugar alejado los aparatos estatales deben ocuparse de establecer líneas férreas, conexiones de aviones y equivalentes para facilitar el acceso aunque esos emprendimientos naturalmente arrojen quebrantos. Debe sin embargo comprenderse que las pérdidas las sufraga la comunidad, muy especialmente los más pobres como consecuencia del derroche de capital y la menor inversión que repercute de modo muy contundente sobre las franjas de menores salarios, lo cual hace que se amplíen las zonas inviables porque la miseria se extiende a medida en que se extienden las políticas antieconómicas. Todos provenimos de ancestros que vivían en “zonas inviables”, en cuevas miserables, sin caminos ni accesos, el progreso no consistió en destruir otras chozas sino en el respeto recíproco.

Se ha pretendido cuestionar la moralidad del empresario al sostener que puede haber “abuso del derecho” lo cual es una contradicción en los términos ya que un mismo acto no puede simultáneamente ser conforme y contrario al derecho. Del mismo modo se argumenta que la libertad tiene sus límites sin percatarse que lo que debe limitarse no es la libertad sino el libertinaje, o sea la anti-libertad. El ataque a las ganancias “normales” o “excesivas” (por lo que ello pueda significar) constituye un tiro en el propio zapato puesto que en un mercado libre son siempre el resultado de los votos que la gente deposita diariamente en el supermercado y afines con sus compras y abstenciones de comprar.

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