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Las últimas semanas han dejado de manifiesto la delicada situación económica del país. Por más que desde Cambiemos hablen de meros sobresaltos, lo cierto es que el cuadro es claramente de crisis. Sin ir más lejos, la dirección del Banco Central fue removida luego de una llamado a las apuradas al Fondo Monetario Internacional. Mal que le pese al Gobierno, también es cierto que esta fue una de las crisis más anunciadas de los últimos tiempos. Sin embargo, en lugar de escuchar los llamados de atención, el Gobierno se distrajo hablando de los “plateistas”. Hoy toda la sociedad esta pagando costos evitables.

Es normal que en un contexto de estas características surjan varias interpretaciones, algunas de ellas más vinculadas a las emociones que a la racionalidad. Las explicaciones emocionales son más sencillas que las racionales. Son también un caldo de cultivo de mitos y falsedades. Este sesgo emocional alimenta una tesis errada sobre la situación económica de la Argentina. Esta tesis, aceptada por el Gobierno y buena parte de la sociedad, sostiene que al momento de asumir el nuevo gobierno había sólo tres alternativas: 1) Seguir el mismo camino y terminar como Venezuela; 2) Hacer un ajuste salvaje y volar por los aires y 3) Ejecutar un programa gradual y rogar que no hubiera imprevistos en el camino (es decir, basar el plan económico en un milagro). En otras palabras, es el gradualismo o no es nada.

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