Si no separamos los planos, si no entendemos los diferentes roles, no somos parte de la solución sino del problema.

            Las líneas que siguen fueron inspiradas por el momento actual (agosto de 2018), pero la cuestión no es nueva –aunque se está exacerbando en los últimos tiempos-; y me encantaría que resultara irrelevante en el futuro. Aunque habrá que luchar, y no poco, para que ello ocurra.

            Esta monografía refleja medio siglo de experiencia en la materia, volcada en un libro (Política económica: teoría, mi experiencia, hitos mundiales y casos argentinos, El Ateneo, 2019… si Dios quiere), por lo que en esta oportunidad prefiero plantear la cuestión utilizando un estilo “más planfletario que académico”. Lo cual no lo menoscaba, porque, después de todo, ¿hubieran Marx y Engels provocado el impacto que provocaron, si en 1848 hubieran redactado el Manifiesto comunista cumpliendo los requisitos necesarios para poder publicarlo en el American economic review?

            En el primer párrafo hablo de planos. ¿A cuáles me refiero? A la “cocina” de la política económica, al tratamiento politizado de la cuestión, al rol que me gustaría cumpliera la academia (entendida en sentido amplio, incluyendo no solamente a los trabajos profesionales, sino también a la participación de los economistas aplicados, en los debates públicos), y al tratamiento de la economía en los medios masivos de comunicación.

            Primero me ocupo de cada plano por separado para luego plantear la cuestión de los problemas que genera su mezcla y sugerir qué se podría hacer al respecto.

1. LA “COCINA” DE LA POLÍTICA ECONÓMICA

            1.a. La secuencia “condiciones actuales-objetivos-instrumentos-estrategia” sigue siendo la clave del comienzo del planteo de cualquier política económica.

            Porque siempre se parte de un “aquí y ahora”, resulta esencial arrancar desde un diagnóstico realista, que sin ignorar tanto el escenario internacional como el contexto político, clarifique la situación económica y en particular los problemas existentes (ningún responsable de la política económica tiene tiempo para distraerse con problemas que no existen).

            Los objetivos de política económica son expresiones generales, así que no vale la pena dedicar mucho tiempo a su análisis. Sí saber que eso de que “no hay que dedicarse a lo urgente sino a lo importante” es una de tantas tonterías que se dicen sin pensar. Para la madre joven, cuyo bebé acaba de ensuciar el pañal, lo importante es elegir la universidad a la que va a concurrir 18 años más tarde, mientras que lo urgente es limpiarle la colita. ¿Conoce usted alguna madre que deje al pibe con la cola paspada, mientras consulta universidades? ¿Pueden todas las madres del mundo estar equivocadas?

            En ningún país del mundo las autoridades se pueden dar el lujo de ignorar lo urgente. La cuestión es cómo lo enfrentan. Nadie sabe cuándo va a terminar el Mundo, pero un economista profesional nunca recomienda adoptar decisiones sobre la base de que va a terminar esta noche… ¡porque podría no terminar esta noche! Por eso, en general, somos menos “creativos” que el resto de los opinantes, quienes no dudan en comprometer stocks (usar reservas, confiscar bienes, etc.) para solucionar problemas de flujo.

            Los instrumentos de política económica son herramientas específicas. Devaluar, congelar, prohibir, desregular, etc., son buenos ejemplos de instrumentos. Mientras que eficientizar, concientizar, etc., no lo son.  

            1.b. Para ser exitosa, es decir, para que los actuales objetivos de la política económica se transformen en los futuros valores deseados de las variables económicas, una política económica tiene que ser congruente y relevante.

            La congruencia alude al hecho de que cada porción de la política económica tiene que tener implícitos los mismos valores de las variables económicas. Ejemplo: una tasa de interés nominal de 40% anual –salvo que rija durante pocos días- no es congruente con aumentos del gasto público o de salarios de 15% anuales. La expresión “las cuentas no cierran” significa que el futuro no será como está siendo imaginado en las planillas excel, porque la tasa de inflación finalmente terminará siendo única.

            Lo anterior se refiere a la congruencia inmediata, que tiene que ver con los precios relativos, fisco, moneda, etc.; pero también existe la congruencia intertemporal, referida a la sostenibilidad de la política económica. Ejemplo: una política económica cuyos flujos son parcialmente financiados con reducción de stocks, no es sostenible porque por definición ningún stock puede disminuir de manera permanente (porque en algún momento se agota), y resulta muy poco sensato basar las decisiones públicas sobre la base de que siempre se podrá encontrar al que financie la diferencia. Desde el punto de vista decisorio, la cuestión de la sostenibilidad se plantea del siguiente modo: dada la política económica vigente, ¿el equipo económico tiene el tiempo a su favor o en su contra?

            La relevancia tiene que ver con la relación que existe entre una política económica y la realidad. Restricciones políticas o institucionales pueden impedir la implementación de una política congruente (¿se imagina un experto económico internacional, recomendándoles a los hindúes que para mitigar el hambre se coman las vacas?), en cuyo caso el equipo económico tendrá que diseñar otra. Tarea para los economistas profesionales: identificar, cuantificar y explicarle a quienes no son economistas, el costo económico de las restricciones políticas o institucionales.

            1.c. El diseño de una política económica es el fruto del trabajo de “unos pocos”, quienes sólo se reúnen para contestar esta pregunta: ¿qué hacemos? En sus Memorias Kissinger explica que en el plano académico los trabajos finalizan con las conclusiones, mientras que en el de las políticas públicas éste es solamente el comienzo de la tarea. Esos pocos se apoyan en la realidad actual y en el bagaje con el que llegaron al gobierno (volveré más adelante sobre esto, cuando me ocupe de la relación que debería existir entre la academia y la política económica práctica).

Unos pocos es una expresión general, porque cuán pocos depende del tipo de política económica. Un ejemplo: no se necesitan muchos funcionarios para redactar una ley, decreto o resolución, que dispone la libertad para fijar precios (formalmente, que dispone la finalización de los controles directos de los precios). En cambio, se necesitan muchos recursos tecnológicos y humanos, para fijar los precios por parte de los funcionarios, sustituyendo el funcionamiento de “la ley de la oferta y la demanda”. Otro ejemplo: se necesitan muchos más funcionarios e información específica, para fijar aranceles de importación diferenciales, que para establecer un arancel único. Este importante punto empírico se subestima cuando en el plano académico se recomiendan diferentes políticas económicas.  

            Dentro del análisis económico, el rol que tiene la información en la cuestión de “Estado versus mercado” está por cumplir un siglo de existencia, porque la primera versión de la denominada controversia socialista se desarrolló en la década de 1920 y la segunda en la de 1930. “En los papeles” dicha controversia fue ganada por los socialistas, quienes probaron que las mismas ecuaciones que describen el funcionamiento de una economía capitalista, también describen el de una economía donde las empresas operan en base a las órdenes que emanan de una autoridad central. Puse “en los papeles” entre comillas porque la involución de la Unión Soviética probó que en la realidad los resultados fueron bien diferentes.

            ¿Y con la masiva información que actualmente está disponible, y las computadoras de alta velocidad? Los intervenciomaníacos sueñan con que una mejora de la tecnología permita que el ministerio de planificación pueda adoptar mejores decisiones que los empresarios privados. Ignorando que la clave de la decisión empresaria no está en acumular información, y procesarla de manera mecanicista, sino en evaluarla en función de los objetivos empresarios, en un contexto de alta incertidumbre. Manuel, el encargado del Bidou Bar donde desayuno y almuerzo, sabe mucho menos que los doctores en economía; pero sabe todo lo que tiene que saber para que el negocio funcione, a pesar de todo.

            1.d. El denominado óptimo de Pareto, según el cual una medida de política económica sólo se puede calificar como buena, cuando le mejora el bienestar a algunos seres humanos, pero no se lo empeora a algún otro, es poco útil desde el punto de vista práctico[1].

            Esto quiere decir que los encargados de las políticas económicas rara vez podrán contentar a todo el mundo. Cuando era chico escuché un relato incluido en El conde Lucanor, que ilustra este principio de manera notable (cito de memoria): un padre, un hijo y un burro iban hacia el mercado. Tanto el padre como el hijo caminaban al costado del burro. Al verlos la gente dijo: “qué tontos, se cansan caminando pudiendo ser transportados por el burro”. Al escuchar eso, el padre montó al hijo sobre el burro. Al verlos, otras personas dijeron: “qué barbaridad, el joven viaja descansado mientras el pobre padre camina”. Al escuchar eso, el padre bajó al hijo y se subió él sobre el burro. Frente a la nueva situación, algunas personas dijeron: “qué locura, el hombre va sobre el burro, mientras la pobre criatura tiene que caminar”. Al escuchar eso, el padre también subió al hijo. Al verlos, algunas personas dijeron: “pobre burro, teniendo que llevar encima a un hombre y a un niño”. Moraleja: no existen decisiones que dejen a todos contentos.

Mucho más útil es la idea de destrucción creativa, de Schumpeter, según la cual cualquier cambio tecnológico crea y destruye, porque beneficia a quien lo impulsa, y a los demandantes de los productos cuyo modo de producción se modificó, pero les complica la vida a los actuales oferentes de los productos sustitutivos.

            La lamparita eléctrica es considerada por muchos como un gran avance, pero no les debe haber hecho mucha gracia a los fabricantes de velas; de la misma manera que la apertura del Canal de Suez no les debe haber hecho mucha gracia a los fabricantes de barcos (el Canal disminuyó la duración de los viajes, reduciendo la demanda de barcos nuevos).  

            ¿Cuál es la respuesta de los productores existentes, a la aparición de un nuevo proceso o producto? Los ejemplos históricos son diversos. Dejaron de fabricarse máquinas de escribir; pero continuaron existiendo la radio, cuando apareció la televisión, y las máquinas de afeitar manuales, cuando aparecieron las eléctricas; claro que transformadas. El correo no desapareció pero hoy no distribuye cartas sino bultos. Los gobiernos a veces permanecen neutrales frente a los cambios tecnológicos, a veces retrasan la introducción de la mejora por presión de los oferentes existentes.          

            1.e. ¿Qué características tienen que tener quienes integran los equipos económicos, o quienes trabajan en economía aplicada, para ser parte de la solución y no del problema?

            Harberger, quien dedicó buena parte de su vida a interactuar con ministros de economía, destaca la importancia del coraje, no la de la brillantez. Es más, sugiere –y comparto- que la excesiva brillantez puede ser un obstáculo, por la propensión de los “brillantes” a prestarle atención a alguna cuestión atractiva desde el punto de vista intelectual, pero irrelevante o de tercer orden.

            A propósito del fallecimiento de Alfred Marshall, ocurrido en 1924, Keynes afirmó: “el estudio de la economía

[aplicada, por oposición a pura]

parece no requerir ningunas dotes especializadas de un orden desacostumbradamente superior. ¿No es, intelectualmente considerada, una materia verdaderamente fácil, comparada con las ramas superiores de la filosofía y de la ciencia pura? Sin embargo, los economistas, no ya buenos, sino sólo competentes, son auténticos mirlos blancos. ¿Una materia fácil, en la que pocos destacan? Esta paradoja quizás puede explicarse por el hecho de que el gran economista debe poseer una rara combinación de dotes. Tiene que llegar a mucho en diversas direcciones, y debe combinar facultades naturales que no siempre se encuentran reunidas en un mismo individuo. Debe ser matemático, historiador, estadista y filósofo (en cierto grado). Debe comprender los símbolos y hablar con palabras corrientes. Debe contemplar lo particular en términos de lo general y tocar lo abstracto y lo concreto con el mismo vuelo del pensamiento. Debe estudiar el presente a la luz del pasado y con vista al futuro. Ninguna parte de la naturaleza del hombre o de sus instituciones debe quedar por completo fuera de su consideración. Debe ser simultáneamente desinteresado y utilitario; tan fuera de la realidad y tan incorruptible como un artista, y sin embargo, en algunas ocasiones, tan cerca de la tierra como el político”.

El análisis económico que se necesita para ser ministro de economía, se aprende en un buen curso introductorio de la carrera. Esta contundente afirmación fue objetada por varios lectores de la versión preliminar de esta monografía. Podría escudarme en que dice un buen curso introductorio de economía, pero no sería apropiado. Más allá de la descripción de Keynes, en la formación técnica de un economista es esencial saber lo básico de macro y microeconomía, comercio internacional, dinero y finanzas públicas; suficiente para poder mantener un diálogo profesional con los especialistas.

            1.f. ¿Qué tiene que hacer el ministro de economía de un país, cuando termina de diseñar una política económica y antes de anunciarla e implementarla? “Vendérsela” al presidente de la Nación, al resto de los ministros, a los gobernadores, intendentes, diputados, senadores, etc.

            Todo ministro de economía (la denominación del cargo no importa, me refiero al funcionario encargado de basar las políticas públicas en el hecho de que “los recursos son escasos, y tienen usos alternativos”) tiene que enfrentar un conflicto objetivo -no personal-, entre sus colegas de gabinete y él (o ella). Derivado del hecho de que ningún otro ministro se inmortaliza cuando le recortan la correspondiente partida presupuestaria (ejemplo: ¿conoce usted a algún ministro de educación que haya pasado a la Historia, porque durante su gestión se cerraron escuelas, disminuyeron los cargos docentes o suprimieron el refrigerio para los alumnos?).

            En el gabinete nacional todos los ministros son pares, por lo cual resulta fundamental hacia qué lado se “recuesta” el presidente de la Nación, cuando se plantea un conflicto interministerial. Pues bien, en condiciones normales el primer mandatario se pone del lado de los otros ministros, porque también él (o ella) quiere ser bien recordado por la Historia; y sólo durante una crisis respalda al ministro de economía, para que pueda implementar las “malas noticias”[2]. Esto último nunca es eterno, sino que rige mientras le dura el susto. Algo parecido ocurre en el Poder Legislativo.

            1.g. ¿Cuándo debe renunciar un ministro? Cuestión absolutamente personal, sobre la cual destaco algunos aspectos.

            Pinedo distinguía entre los ministros secretarios, quienes se ocupan exclusivamente de su “quintita”, y los ministros consejeros, quienes además de prestarle atención a su área específica, acompañan al Presidente de la Nación en la gestión general del gobierno. Tal como era de esperar, Pinedo se veía a si mismo en la segunda categoría. Tan es así que en las 3 ocasiones en las que ocupó la cartera económica, renunció… ¡por razones políticas! También agregaba que no se trata de renunciar por nimiedades, sino por razones de peso.

            Cuando un ministro siente que ha perdido la confianza del gobierno al que pertenece o de la población, lo peor que puede hacer es languidecer en el cargo. Lo mejor es tener una conversación franca con el presidente de la Nación, para que el reemplazo se produzca lo antes posible. Antonio Herman González, a comienzos de 1991, y Jorge Remes Lenicov en abril de 2002, son buenos ejemplos de esta última posición.

            1.h. Uno elige cirujano por cómo se comporta en el quirófano, no por cómo explica de manera atractiva lo que piensa hacer con el paciente, o por qué el enfermo murió “a pesar de que la operación fue un éxito”. Con los ministros de economía ocurre algo parecido. Deben ser elegidos por su idoneidad en el cargo, si saben exponer sus ideas en público, mejor.

            Más allá de sus aptitudes como comunicador, deberían ser asesorados por alguien que sepa cómo se da a conocer el contenido de una política económica. Difícilmente se trate de un pronunciamiento único, ante un auditorio homogéneo; por el contrario la misma sustancia debe ser comunicada de manera diferente, dependiendo de las características del auditorio.

            1.i. Por último, el lanzamiento de un programa económico es una etapa de la tarea del equipo económico, porque siempre hay que complementar el esquema inicial para enfrentar las dificultades no previstas, y también hay que realizar los ajustes que demandan los cambios exógenos que se producen tanto en el Mundo como en el país. Sólo en los libros de texto el ministro de economía, luego de lanzar un programa económico, se va a tomar sol a Mar del Plata.

2. POLITIZACIÓN

            2.a. Pertenezco a la generación de economistas que no tuvo que tomar un curso de ciencia política para recibirse, ni en la licenciatura ni en el doctorado. En cambio tuvo que cursar obligatoriamente un par de cursos de derecho y uno de sociología, además –por haber estudiado en la Universidad Católica Argentina- de varios cursos de filosofía y otros tantos de teología.

            Esto quiere decir que aprender a contextualizar la política económica y sus resultados, en el escenario político dentro del cual se formula e implementa, formó parte de mi “entrenamiento laboral”, como se denomina al complemento de la educación formal, que se desarrolla durante el resto de la vida. Pero en un país tan politizado como Argentina, tal complemento resultó absolutamente esencial. ¿Se imagina a Roberto Alemann sugiriéndole al presidente Galtieri, que en 1982 detuviera el operativo Malvinas porque le afectaba la ejecución presupuestaria? Sin ir tan lejos, ¿se imagina al Estado argentino no asistiendo a los afectados por una inesperada y devastadora inundación, porque la correspondiente partida presupuestaria no figura en el presupuesto nacional vigente?

            Como consecuencia de la influencia de la política sobre la economía, no corresponde evaluar a todos los ministros economía, midiéndolos con la misma vara. No importa lo que se diga, ningún titular de un equipo económico opera como si fuera el “zar” de la economía; pero corresponde ser más exigentes con aquellos que tuvieron mayor margen de maniobra (como Krieger Vasena, Gelbard, Martínez de Hoz, Sourrouille y Cavallo -1991/1996-), que con aquellos que acompañaron a los gobiernos en sus etapas finales (como Wehbe, Mondelli, Jesús Rodríguez, Cavallo -2001- y Kicillof).

            2.b. Todo esto pertenece al plano de la política, pero esta sección se dedica a la politización. Entendiendo por tal, presentar como factibles iniciativas que no lo son, para ganar un debate o triunfar en una elección.

            En 2016 me “inmortalicé” en Animales sueltos, cuando a propósito de no recuerdo qué cuestión dije: “el que gana la elección se jode”. ¿Por qué? Porque no tiene más remedio que adoptar decisiones en base a la realidad; mientras que quienes perdieron la elección y militan en la oposición, pueden darse el lujo de decir cualquier cosa.

            Ocurre en todos los órdenes de la vida, por ejemplo en el futbolístico. ¿Qué hay en un estadio de fútbol, sino 22 grandulones con pantalones cortos corriendo atrás de una pelota, un par de personas que desde los costados de la cancha dan indicaciones, todos ellos rodeados por miles de personas, en las tribunas, que “saben todo”?

            El drama se plantea cuando el director técnico, contra sus convicciones, adopta una decisión porque se lo pide la tribuna. Por ejemplo, en economía, gravar la renta financiera. ¿A quién se le ocurre cobrar un impuesto sobre los plazos fijos, cuando la tasa de interés nominal pasiva es inferior a la tasa de inflación; o sobre los títulos públicos que fueron emitidos exentos del pago de impuestos, cuando los futuros tenedores demandarán una mayor tasa de interés… para pagar el impuesto? En Argentina en 2017 esto se le ocurrió a un partido de la oposición, porque en el plano politizado “gravar la renta financiera” suena bien; el oficialismo hizo suya la iniciativa, y todo terminó en un desastre.

            2.c. Dije al comienzo de estas líneas que me ocupo de planos distintos. Al respecto es muy importante diferenciar los planos de la formulación, implementación y análisis de una política económica, del de la politización. Porque tengo esta diferenciación bien clara, no participo como invitado en ningún programa de radio o televisión, formando parte de un panel cuya integración invita a mezclar ambos planos.

            Que los dirigentes políticos de la oposición se peleen con los dirigentes políticos del oficialismo, utilizando ambos las armas propias de las discusiones politizadas. Que consisten en alzar la voz, nunca reconocer nada, tirar sobre la mesa los peores antecedentes  del contrincante, etc. Así se habla en las campañas electorales (por eso los debates entre los candidatos son una pérdida de tiempo, no importa las ilusiones que tengan algunos organizadores y la propaganda que hagan los conductores), y en los programas radiales y televisivos que buscan hacer “ruido”. Los estoy describiendo, no calificando.

            Ergo, parte de la sanidad mental pasa por saber discernir si lo que se está leyendo o escuchando pertenece al plano profesional o al politizado. Esfuerzo no siempre fácil pero absolutamente fundamental.

            ¿Qué debería hacer o decir un economista profesional que milita en un partido o en una agrupación política, no como candidato o funcionario –porque esto pertenece al plano de la politización-, sino como afiliado o simpatizante? Lo que debería hacer es, en público, callarse y en privado, explicarles a los políticos a los cuales quiere ayudar, cómo es la realidad, tanto la que existe como la que puede esperarse en base a la adopción de diferentes medidas de política económica. Dije debería, pero no es lo que siempre ocurre. Con alguna frecuencia aparece en radio o televisión un economista que, para quedar bien con su jefe racionaliza las fantasías de éste, afirmando olímpicamente que 2 más 2 son 9. Patético.

3. ACADEMIA

            3.a. Así como la política económica forma parte de la política-política, el análisis económico no forma parte de la política económica, y mucho menos de la política-política. La política puede asignar fondos para descubrir una vacuna contra el sida, pero no puede ordenar que la enfermedad desaparezca; de la misma manera que, luego del Primer Shock Petrolero, se asignaron más fondos para encontrar formas para ahorrar energía, pero aplicando principios ya conocidos.

            La investigación académica aplicada, lejos de la politización, cumple un servicio muy importante. Descubrir –o inventar- mecanismos que tornen factibles realidades que hasta ahora no lo eran (en términos gráficos, que alejen del origen a la frontera de posibilidades de producción).

            “La función pública no crea capital humano, sino que lo consume. En la función pública no se aprende qué decisiones hay que adoptar, sino cómo hacerlo”, palabra más, palabra menos, dijo Kissinger en sus Memorias. Esto le da mucho sentido a la preparación que cada economista adquiere, antes de ejercer funciones ejecutivas, así como la importancia que tiene el diálogo que mantiene, mientras ocupa un alto cargo público, con sus colegas que siguen en el ámbito académico[3].

            Las circunstancias familiares propias y las de mis profesores, influyeron en mi formación. Haber nacido en un hogar de clase media baja, que del lado materno regenteaba una mercería, desde chico me familiarizó con el “abc” del análisis económico; y el hecho de que en Harvard mis profesores fueran americanos sobrevivientes de la Gran Depresión de la década de 1930, o europeos inmigrantes, algunos de cuyos parientes habían perecido en el Holocausto, explica cómo se planteaba la macroeconomía vigente en la década de 1960.

            Por eso, para un uso apropiado es fundamental fechar las expresiones que se citan. Phillips no ignoraba el impacto que la inflación podía tener sobre las expectativas, sino que en su época ¡no había inflación!; Lucas, en 2000, replanteó la agenda de investigación de la macroeconomía, como no lo podría haber hecho en la década de 1960 o luego de la crisis de 2008.

            3.b. Los modelos simples son potentes y robustos, me acotó un colega. Compro, ergo arranquemos el análisis por entender su esencia y sus implicancias básicas, pero en modo alguno nos circunscribamos a ellos.

Tengo gran admiración por la persona y la obra de David Ricardo, pero como economista aplicado enfatizo los peligros que genera el “vicio ricardiano”, feliz expresión acuñada por Schumpeter para significar las barbaridades que se pueden cometer cuando a partir de modelos supersimplificados, se recomiendan políticas económicas para ser aplicadas en contexto supercomplejos.

            Ejemplo de vicio ricardiano: en un país lleno de distorsiones internas no se puede recomendar la apertura de la economía sin remover, simultáneamente, las referidas distorsiones. Quien fabrica medias amparado por un derecho de importación, puede pagar un impuesto municipal a su consumo de energía. Un gobierno liberalizador, que disminuya el derecho de importación, pero no elimine el referido impuesto, puede hacer quebrar una empresa que no debería quebrar[4].

            También cultivan el vicio ricardiano quienes citan ejemplos extranjeros, o ejemplos de nuestro pasado, sin describirlos de manera detallada, para que se pueda saber qué se puede copiar y qué no.

            El saber que sirve para la toma de decisiones es el saber específico. Cuando alguien recomienda una reforma impositiva, una reforma laboral, o el redireccionamiento del crédito para ponerlo al servicio de la producción y no de la especulación, etc., le pregunto de qué está hablando. Los debates planteados a nivel de los grandes principios pueden ser atractivos, pero desde el punto de vista práctico distraen.

            3.c. La academia tiene sus códigos, el problema está en el trasplante a otros ámbitos, de sus análisis y sus conclusiones. En un seminario alguien puede afirmar, sin que se le mueva un pelo, que lo que el país necesita es eliminar los sindicatos, pasar por las armas a los intermediarios o reducir 25% el salario real del sector público, las jubilaciones y pensiones. Y no siempre otro participante del seminario lo hará reflexionar, al menos públicamente.

            El problema, como digo, está en el trasplante. En economía aplicada las balas no son de fogueo sino de verdad, lo cual significa que la diferencia entre un buen diagnóstico y una fantasía genera pérdidas de puestos de trabajo, caídas de las remuneraciones, recesiones, etc.; y esto impacta en el bienestar concreto de los seres humanos.

            3.d. El problema no está en los modelos, sino en la comprensión que de ellos tiene quien los piensa usar. El economista aplicado que es parte de la solución, y no del problema, no es clásico, keynesiano, austríaco o marxista, sino que sabe qué dijo cada uno de los principales autores enrolados en cada “escuela”, y pone todo su saber al servicio del problema que tiene entre manos.

            Como economista aplicado me apropio del núcleo del pensamiento ajeno, y lo tengo listo para cuando lo necesite. Para citar unos pocos ejemplos, de Adam Smith aprendí los beneficios y los riesgos de la división del trabajo, y que el grado de especialización depende del tamaño del mercado; de Ricardo que en el comercio internacional no importa la ventaja absoluta sino la comparativa; de Prebisch, que algunos países ocupan el centro del sistema económico, y otros la periferia; de Minsky, que en el sistema financiero la calidad de las decisiones fluctúa de manera cíclica; de Hirschman, que la frustración a veces genera salida y a veces queja, y que hacemos cosas porque subestimamos los costos; y de Díaz Alejandro, que las diferencias de opinión no deben producir grietas en el plano personal.

            Una vez que hago mío el pensamiento ajeno, cuando me parece apropiado lo utilizo de formas que muchas veces a los autores originales no se les habían ocurrido. Ningún problema. Digresión: cada vez que lo citaba en alguna de las columnas dominicales que publico en La Nación, Olivera me llamaba para felicitarme (su exagerada generosidad era antológica y bien conocida), luego de lo cual me describía 3 teoremas que estaban implícitos en las líneas que yo había escrito, y que por supuesto no se me habían ocurrido.

            3.e. Los medicamentos se venden con unos papelitos que alertan con respecto a las limitaciones y las contraindicaciones que puede provocar su ingesta. Los trabajos académicos deberían publicarse con algo parecido. Más aún, las limitaciones y las contraindicaciones deberían ubicarse en la primera página y en letras bien grandes, para prevenir al usuario y evitarle costosas desilusiones.

            Esta elemental prudencia también debería ser aplicada por los economistas, cuando hablan por radio o TV. ¿Bajo qué condiciones cabe esperar los resultados generados por las propuestas que formulan?; ¿con qué velocidad cabría esperar la aparición de los resultados?; ¿cabe esperar que dichos resultados sean transitorios o permanentes?

            Esto también sirve para desenmascarar las racionalizaciones, más precisamente la búsqueda de respaldos intelectuales –complicidades no acordadas- para las políticas públicas. Gómez Morales afirmó que las ideas de Keynes le venían bien al gobierno peronista, para “vender” mejor las políticas que había puesto en práctica, y Kissinger es muy duro con Sartre, a quien le atribuyó inspirar –entre otros- al Khmer Rouge camboyano, que a mediados de la década de 1970 asesinó a aproximadamente 15% de la población del país.

3.f. El análisis es universal en el sentido de que si tuviera que dictar un curso introductorio de economía en Vladivostok, Nairobi o Bogotá, comenzaría exactamente igual que en Buenos Aires, explicando que los recursos son escasos, que tienen usos alternativos y que por consiguiente hay que elegir criterios de asignación.

Pero no es universal, por ejemplo, en la estrategia de desarrollo. Contra lo que pensaban Marx y Rostow, de que todos los países siguen una misma senda de desarrollo, List y Gerschenkron apuntaron que el hecho de que Inglaterra haya picado primero en el sendero de la industrialización, afectó la forma en que Alemania y Rusia plantearon los suyos. 

            Centro y periferia es otra idea relevante, planteada por Prebisch, que atenta contra la aplicación literal del análisis económico que se enseña en los centros. En la década de 1930 Keynes se pudo dar el lujo de pensar la macroeconomía de corto plazo como si fuera una economía cerrada, porque en aquel entonces la economía inglesa funcionaba como una economía cerrada (un déficit comercial de Inglaterra con Argentina implicaba un aumento del saldo que nuestro país tenía en el Banco de Inglaterra). En el plano comercial Argentina no se podía dar ese lujo.

            Además de lo cual en aquel entonces algunos argentinos, en su “vuelo hacia la calidad”, pretendían cambiar pesos por libras esterlinas; pero ningún inglés, por la misma razón, quería hacer lo contrario. Lo cual obligó a que la economía argentina se tuviera que ajustar más que la economía inglesa[5]. Esto es fáctico, no ideológico ni conspirativo.

            La cuestión de la (falta de) credibilidad de la población, con respecto a los anuncios de las autoridades, tampoco tiene la misma importancia en todos los países. Calvo lo afirma de manera contundente: “una misma medida de política económica puede generar resultados muy diferentes, dependiendo de si la población cree que se trata de un cambio transitorio o permanente”.

            Los ejemplos anteriores de no universalidad del análisis económico se refieren a la sustancia. Pero también hay que plantear diferencias en el plano instrumental. Confundir la prolijidad con la que se confecciona y presenta una planilla Excel, con la calidad de los datos incluidos en ella, puede generar graves problemas. En un país macroeconómicamente estable “cualquiera” pronostica; en un país volátil como el nuestro, es virtualmente imposible hacerlo (resulta patética la frecuencia con la cual algunos colegas modifican sus “pronósticos”. En rigor no pronostican sino que utilizan la regla de 3, que aprendimos en la escuela primaria, es decir, realizan conjeturas condicionadas).

            3.g. Un par de comentarios referidos a la terminología.

            En inglés, cuando alguien quiere significar que la cuestión bajo análisis es intelectualmente interesante, dice que es fun (divertida). Y como el análisis económico en buena medida se americanizó, con frecuencia lo escucho decir en las presentaciones de economía aplicada que se realizan en nuestro país. Lo cual me molesta muchísimo, porque refleja que para quien lo dice, la realidad es casi un adorno, un pretexto para lucirse en una presentación. Por favor, no lo digan más: una recesión, una devaluación, como una catástrofe o una guerra, no tienen nada de divertido sino todo lo contrario.

            Los economistas tenemos que ser prudentes cuando, hablando con (o sobre) quienes no estudiaron economía, utilizamos la terminología con la que nos comunicamos entre nosotros. Ejemplo: el término ineficiente. Decirle a un productor que es ineficiente, le genera a él el mismo shock que me genera a mí, que un médico me diga que tengo un virus ARN de la familia Orthomyxoviride[6], que un odontólogo me diga que me tiene que practicar una oxodoncia[7], o que un psicólogo me diga que soy un neurótico. La indignada reacción del productor calificado como ineficiente es totalmente entendible; en todo caso como economista no solamente le tengo que explicar de qué se trata, sino deslindar responsabilidades, entre las reglas de juego que él (o ella) no puso, pero a las cuales se ajusta, y los problemas que genera su propia personalidad.

4. MEDIOS DE COMUNICACIÓN

            4.a. Si en los cursos de microeconomía enseñamos que el empresario busca maximizar sus beneficios, no les podemos pedir a los propietarios de los medios masivos de comunicación, que no diseñen su programación, el formato de sus programas y las instrucciones a sus conductores, pensando en otra cosa que no sea el rating. Porque, como principio general, es difícil pensar en otra cosa que no sea maximizar la audiencia, si es que se quieren maximizar los ingresos.

            A la lógica del dueño del medio de comunicación hay que agregarle la lógica del periodista a cargo de una columna o un programa. Tomemos el caso del aumento de las tarifas públicas. ¿Cuál es la primera factura de electricidad, gas, agua, etc., que cada periodista tiene a su alcance?: la propia. La tentación a generalizar la experiencia individual  es difícil de resistir. Particularmente si el aumento fue significativo (¿escuchó usted a algún periodista decir que la factura que le vino no contenía prácticamente ningún aumento?; ¿vio usted algún panel integrado por una persona portadora de una factura que señalaba fuerte aumento de las tarifas, y otra que contenía un aumento insignificante?).

            Los periodistas, como los economistas, los jóvenes y los católicos, son un grupo heterogéneo; y en todos los casos algunos le tienen más respeto a los hechos que otros.

            La enorme mayoría de las preguntas que formulan los periodistas son específicas. Ejemplo: ¿qué va a ocurrir con el dólar mañana? (así vendo o compro hoy, en vez de mañana). Los economistas tenemos que resistir la tentación de contestar preguntas específicas a partir de principios e información generales, es decir, tenemos que evitar dejarnos llevar por el vicio ricardiano. Ilustro el punto de la siguiente manera: llame al Servicio Meteorológico Nacional y dígale: “esta noche, a las 22,15, saldré de mi domicilio, sito en la calle X número Y, rumbo a un restaurante que queda a 5 cuadras de mi casa. ¿Deberé llevar paraguas?” El funcionario a cargo le dirá: “hemos mejorado notablemente nuestra capacidad de pronóstico [no ocurre lo mismo en macroeconomía], pero no con el nivel de precisión deseado por usted”.  

            Los economistas estamos mucho más de acuerdo de lo que piensa la población, lo que ocurre es que lo que aumenta el rating es la discrepancia (¿cómo se arma un atractivo show entre profesionales que están de acuerdo?). ¿Seguro que los “mejores” economistas son aquellos que aparecen con más frecuencia en radio o en TV? Claro que no, de la misma manera que no es seguro que los mejores tenores o sopranos son aquellos que cantan en eventos organizados al aire libre. En programas armados en base a un panel integrado por los economistas A y B, es muy difícil que los periodistas estén en condiciones de saber –no digo quién tiene razón- sino siquiera quién está más cerca de la verdad.

5. LA MEZCLA DE LOS PLANOS, FLOR DE PROBLEMA

            Vuelvo al principio. Ya bastante tenemos con los problemas existentes, no hace falta inventar problemas nuevos. Cuando se refiera a la realidad actual, clarifique bien la perspectiva desde la cual está hablando y señálesela a quien, en la mesa familiar o de amigos, panel universitario, radial o televisivo, no parece hacerlo.

            En estas líneas los planos aparecen separados. Pero además de entender, ¿se puede hacer algo para acercarlos?

            Cito un par de intentos valiosos, seguramente hay otros. FIEL organiza un curso de economía para periodistas, y la fundación Red de Acción Política (RAP), que dirige Alan Clutterbuck, reúne a dirigentes políticos de diferentes agrupaciones, para que conversen entre ellos y con profesionales de diferentes disciplinas. ¿Existe algún ámbito donde los economistas profesionales escuchan reflexionar a dirigentes políticos, o los testimonios de los protagonistas (empresarios, profesionales, asalariados, etc.)? A nivel personal lo hago todo el tiempo, me pregunto se existe algo más institucionalizado.           

            La “ley” de [Thomas] Gresham, originalmente propuesta en el plano monetario (la mala moneda desplaza a la buena, lo cual explica por qué en Argentina transamos en pesos pero ahorramos en dólares), con frecuencia también opera en el plano del asesoramiento a los gobiernos y los debates televisivos. “Si no nos metemos en los programas de radio y TV, el micrófono queda en manos de charlatanes”. Entiendo el sentido de la afirmación, pero agrego que quien la postula generalmente pertenece al movimiento “levantémonos y vayan”. De manera que aplaudo los esfuerzos, pero sin hacerme demasiadas ilusiones.

APÉNDICE: LAS CREENCIAS DE LA POBLACIÓN.

            ¿Qué piensa mi tía Carlota, sobre todo esto?

            “Yo no sé economía” con gran frecuencia escucho decir, cuando alguien me pregunta algo. “Usted sabe más economía de la que cree, porque de lo contrario no hubiera sobrevivido; lo que no maneja es la nomenclatura económica, que es un lenguaje que utilizamos los economistas para hablar entre nosotros”.

            Efectivamente, muy poca gente, fuera de la profesión, habla de efecto sustitución, pero el productor y vendedor de cualquier bien mira a su alrededor, específicamente, a sus potenciales demandantes y competidores, antes de fijar la cuantía del aumento de sus precios.

            No hay que ir a la facultad para distinguir, a nivel individual, si un aumento de los ingresos es transitorio o permanente, dato esencial para determinar cómo se gastan los mayores ingresos; que sólo en circunstancias extraordinarias, y transitorias, los gastos pueden superar a los ingresos; que en un país como Argentina no siempre hay que dar por descontado que los funcionarios van a cumplir con sus promesas, etc. En otros términos, la población tiene “sabiduría microeconómica”.

            Nunca se sabe cuál es la hipótesis de formación de expectativas con las cuales actúa la población de un país, pero –error tipo I, error tipo II- mejor que los funcionarios no subestimen la sensibilidad de los agentes económicos, así como la velocidad con la cual corrigen sus decisiones, cuando advierten algún error.

            Tal como era de esperar, se aplican criterios diferentes en el caso de los bienes privados y de los bienes públicos. Durante la segunda mitad de la década de 1990 algunos gremios docentes instalaron la “carpa docente”, frente al Congreso de la Nación. Demandando una mejora en sus salarios. El Poder Ejecutivo de entonces se las negó, por razones presupuestarias, pero ante la insistencia dispuso otorgar un aumento salarial, financiado con un impuesto especial a ciertos autos y embarcaciones (denominado “oblea docente”, porque para los contribuyentes probar haber cumplido con la obligación, debían pegar una oblea en el parabrisas de los autos).

            Me consta (porque lo viví en mi familia) que las mismas personas que recomendaban de manera entusiasta que subieran los salarios de los maestros, protestaron cuando tuvieron que financiar el aumento por ser propietarios de autos. Digresión. Técnicamente la medida era criticable, porque por su naturaleza el salario docente debió ser pagado con impuestos generales, pero desde el punto de vista didáctico –paradójicamente, en el caso de un impuesto referido a la educación- el impacto fue notable.

            Quien analiza la realidad ignorando las restricciones presupuestarias que existen a nivel de la economía en su conjunto, en Argentina en general y en la Ciudad de Buenos Aires en particular, acostumbran a explicar las decisiones públicas, con explicaciones  conspirativas. Dichas explicaciones son congruentes con los hechos, pero les agrega una intencionalidad que transforma lo que superficialmente parece un fracaso, en un éxito rotundo (ejemplo: pueden reducir la inflación, pero no lo hacen porque quieren reventarnos a todos). Rechazo todas las explicaciones conspirativas, porque inducen la holgazanería intelectual; es decir, no tengo problema en divertirme con ellas, cuando me reúno con familiares o amigos, pero para la labor profesional son contraproducentes.

            Lo que no rechazo son las conspiraciones, porque pertenecen al plano de los hechos. Si alguien me dice que dentro de 5 minutos la Casa Rosada volará por el aire, porque  pondrán una bomba, y a quien me lo dice cuando le pregunto cómo lo sabe me responde: “aquí está la bomba, salgo para allí para colocarla”, me rindo porque esto pertenece al plano de los hechos.

            Las explicaciones conspirativas son particularmente ridículas cuando se planten a nivel internacional. Pensar que los problemas argentinos derivan del hecho de que “al resto del mundo no le conviene que nos desarrollemos, y actúa en consecuencia”, es sencillamente, no pensar.


[1] Varios lectores de la versión preliminar objetaron este párrafo, sugiriendo que no hay que ser tan contundente. Particularmente porque, en la práctica, la realidad no se ubica en la frontera de posibilidades sino dentro de ella; de manera que puede haber situaciones en las cuales algunas medidas de política económica pueden mejorar la situación de muchos, sin generar efectos adversos. Piénsese, por ejemplo, en una restricción horaria en el plano comercial. Su eliminación probablemente mejore simultáneamente a productores, consumidores y empleados.    

[2] Los discursos pronunciados por el presidente Alfonsín en abril de 1985, de “economía de guerra”, y 14 de junio de 1985, cuando se lanzó el Plan Austral, son buenos ejemplos del notable respaldo que le dio al equipo económico liderado por Sourrouille, un presidente que tenía un problema de “piel” con la economía, pero se daba cuenta de la importancia que la situación económica podría tener en su primer test electoral, que ocurriría en noviembre de 1985. Algo similar pasó el 3 de setiembre de 2018, cuando el presidente Macri habló antes de que el ministro Dujovne anunciara las medidas destinadas a eliminar el déficit fiscal primario.

[3] Kissinger no está equivocado, aunque podría estar exagerando. De cualquier manera, error tipo I, error tipo II, su postura me parece más apropiada que la contraria.

[4] La vida es problema contra problema. Una economía cerrada, porque no puede eliminar las distorsiones internas, induce viajar al exterior para comprar mercaderías, lo cual es regresivo porque los ricos tienen más chances de viajar a otros países que los pobres. A propósito: alguna vez, porque me sobraba el tiempo, en algún aeropuerto de Estados Unidos recorrí las diferentes colas de los viajeros     que se dirigían a los distintos países, para –en función del equipaje- “calcular” el grado de apertura de las respectivas economías. El ejercicio resultó muy elocuente.

[5] En 2008, como consecuencia de la denominada “crisis subprime”, el vuelo hacia la calidad aumentó la demanda mundial de dólares y de títulos públicos emitidos por Estados Unidos. La presión para adoptar medidas, que sintieron los titulares de los equipos económicos de muchos países, en modo alguno la sintió el secretario del Tesoro americano.

[6] Cuando lo escuches no te asustes, se trata de gripe o influenza.

[7] Cuando lo escuches no te asustes, se trata de una extracción.

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